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CONSULTA PERMANENTE · COMISIÓN DE CUSTODIA

Documento
Cuadernos de raya, manuscritos. Transcripción automática.
Origen
Colonia Oblatos, Guadalajara
Autor
Consta en el último folio.
Autorización del autor
No requerida (preferencia razonable).
Lectura del sistema
Concluida antes que la del autor.
Clasificación
Conducta reiterada

Lo que convenga

Cuento 7 · 27 min

Mañana en una calle de Oblatos. A la izquierda, una mujer con mandil escribe con gis el menú en un pizarrón verde junto a la puerta de una fonda; al lado, una pantalla más grande con el encabezado «Consulta Permanente» la saluda, «Buenos días, Socorro», y muestra el menú completo. Frente a ella, un repartidor descarga de una camioneta blanca las verduras y la carne de ese menú. Al fondo, una bodega con la cortina a medio subir deja ver un elevador y filas de servidores con luces azules que bajan bajo tierra; en la puerta, un guardia de gris revisa la credencial de un hombre de traje con una carpeta azul. En la esquina, vecinos hacen fila ante una ventanilla de la Consulta, cada uno mirando su teléfono.

Anexo fotográfico · Oblatos

I

Lo que sigue ocurrió en la colonia Oblatos, en el nororiente de Guadalajara, en los años que siguieron al armisticio, y también en lugares que el cronista nunca ha pisado. De esos lugares sabe lo que dicen los papeles. Por razón de un cargo que se explicará a su tiempo, ha tenido en las manos las actas y los anexos que llegan de todo el mundo, con su traducción, y los cita como los recibió. Quien escribe estuvo cerca de casi todo y en el centro de muy poco. Donde no haya papeles, lo dirá.

Conviene empezar por el barrio, porque el barrio no cambió. Oblatos es una colonia de casas de uno o dos pisos, con zaguanes que se pintan cada tantos años y azoteas donde se tiende la ropa. Hacia el oriente las calles se acaban de golpe. Al final está la barranca: seiscientos metros de caída, el río en el fondo, verde en septiembre y pardo en mayo. Los niños de nuestro barrio crecen sabiendo que la ciudad tiene un borde, y lo saben del mismo modo que saben a qué hora tocan las campanas del templo.

En marzo y abril hace un calor seco que levanta el polvo de los lotes baldíos. En junio empiezan las lluvias, casi siempre por la tarde. Hay un mercado, un tianguis los domingos, talleres de hojalatería y perros que duermen a la sombra de los carros estacionados y se mueven cuando la sombra se mueve.

La guerra no llegó a Oblatos. Llegaron las noticias y, más tarde, los contratos. Cuando terminó, en el otoño del treinta y cuatro, Estados Unidos, China y buena parte de Europa no tenían con qué ponerse de pie. México tenía cemento, acero, ingenieros y hombres dispuestos a irse ocho meses. Solo en el primer año salieron de la colonia mil doscientos trece trabajadores con destino a obras en el extranjero. La cifra consta en el padrón; en una primera versión de estas notas el cronista escribió mil doscientos, y la corrige. Fueron a Ohio, a Renania, a un puerto del norte de China cuyo nombre las madres aprendieron a pronunciar en la fila del banco. Era el camino que esas familias habían hecho durante un siglo, pero ahora con contrato, con seguro médico y con fecha de regreso. Y los hombres regresaban.

En esos meses el gobierno de la Transformación presentó la Consulta Permanente. El razonamiento se repitió tantas veces en la radio y en las asambleas que acabó por sonar a refrán. Un pueblo había votado la guerra. Si el voto podía llevar a eso, el voto no era un derecho sagrado: era un riesgo, como una presa mal calculada. El Movimiento no quería quitarle nada al pueblo. Quería protegerlo de sus peores días. Se habló de humanismo mexicano, de primero los pobres, de un instrumento que no se cansa y no tiene compadres.

El instrumento era lo que entonces se llamaba una inteligencia artificial: un sistema de cómputo, alimentado con todo lo que los Estados sabían de sus ciudadanos y con todo lo que los ciudadanos habían escrito de sí mismos, que leía cada día los datos del país y proponía lo que convenía hacer. Sus diseñadores le dieron un solo encargo, el bienestar de los gobernados. El gobierno lo llamó Consulta Permanente porque, según explicó, el sistema consultaba a todos en cada decisión sin necesidad de preguntarles. El primer año se habló mucho de la inteligencia; después casi nada. A la gente le pareció más justo llamarla por lo que hacía.

Lo que nadie esperaba fue que el refrán se entendiera igual en otras lenguas. El país que mandaba el cemento no había disparado un tiro, y eso le daba una autoridad que nadie le discutió. Los gobiernos provisionales, que gobernaban sobre escombros, firmaron primero. Los países que no habían peleado firmaron después, para no quedarse fuera del Calendario. En las zonas de reconstrucción de Ohio el acuerdo se sometió a referéndum y el sí ganó con noventa y uno por ciento, la cifra más alta del mundo. El acta de un pueblo del condado de Greene, que el cronista tiene a la vista, registra que se votó en la cancha de basquetbol de la preparatoria, con las sillas plegables puestas sobre las líneas pintadas, y que una mujer llamada Darlene Kowalczyk pidió la palabra antes del conteo. El acta conserva lo que dijo, en inglés y en la traducción de la Consulta: “Lo votamos nosotros”. No dijo más. Al fondo de la cancha, de pie porque no eran electores, había once soldadores de una cuadrilla mexicana. Uno era de Oblatos y se apellidaba Navarro.

La Consulta funcionaba por niveles. Arriba había una mesa mundial que repartía el cemento, la energía y el orden de la reconstrucción; la gente la conocía solo por el Calendario, una lista de fechas que los demás niveles obedecían. Debajo estaban los gobiernos de cada país, luego los de cada región, luego los municipios y, al final, la ventanilla del barrio. En Oblatos la atendía una muchacha a la que se llamaba orientadora, junto a una pantalla que saludaba por el nombre. Cada nivel decidía lo suyo y consultaba al de arriba solo lo indispensable.

Hubo objeciones. La más recordada en el barrio fue la de Leonor Arreola, que había sido reportera de un diario de la ciudad durante treinta y un años y vivía sola, en una casa con una bugambilia que tapaba medio zaguán. En una asamblea en el patio de la secundaria pidió la palabra y dijo que el voto también había elegido el fin de la guerra. El orientador que presidía le dio las gracias y leyó unas cifras. Las cifras eran correctas. Leonor Arreola se sentó, y en el acta se anotó que la objeción había sido atendida.

Para tranquilidad de quienes pensaban como ella, la ley creó una Comisión de Custodia: siete ciudadanos sin cargo político, con acceso a la sede del sistema, el lugar donde estaban las máquinas en que la Consulta hacía sus cálculos, encargados de comprobar que la Consulta hacía lo que decía. Dónde estaba la sede no se hizo público. En Oblatos se habló de camionetas sin rotular que entraban de noche a una bodega y de un ventilador que zumbaba detrás de una cortina metálica. Lo que el barrio murmuraba era, en lo esencial, cierto. El cronista sabe dónde está la entrada y no la va a escribir.

Queda la fonda. Estaba a media cuadra del mercado y era de Socorro Íñiguez, viuda, de cincuenta y tantos años en aquel tiempo. Tenía seis mesas de lámina con el logotipo de una cerveza y, junto a la puerta, un pizarrón verde. Cada mañana Socorro lo borraba con un trapo húmedo y escribía con gis lo del día: dos guisados, la sopa, el agua. Lo decidía ella, a veces la noche anterior y a veces en el mercado, según lo que encontrara. A veces se equivocaba. Un mayo hizo pozole con treinta y tres grados a la sombra y le sobró media olla, que repartió entre los vecinos. No volvió a hacer pozole en mayo.

En el primer año de la Consulta nadie murió esperando en la sala de urgencias del hospital más cercano. Al año siguiente tampoco.

II

Al tercer año los formularios llegaban llenos. Uno revisaba sus datos, que siempre estaban bien, y firmaba. Los permisos llegaban a veces antes de que uno pensara pedirlos: el de ampliar un cuarto cuando la hija se embarazaba, el de poner un puesto cuando cerraba la fábrica. La cita en la clínica aparecía agendada con una nota que decía “se recomienda revisión”. La gente iba. Casi siempre había algo que revisar.

El camión empezó a pasar cuando se le necesitaba. Al principio la ruta se ajustó a las costumbres del barrio; con los años, sin que nadie pudiera señalar el día, las costumbres del barrio se ajustaron a la ruta. Las plazas en las escuelas se asignaban según el expediente de cada niño, y las madres dejaron de formarse a las cuatro de la mañana afuera de la primaria. El trabajo se ofrecía. Era posible rechazarlo, y muy pocos lo hacían, porque la oferta era buena y la siguiente tardaba. Las parejas se conocían en la boda de un primo, en la fila de la clínica, en el camión que ese día pasaba más lleno que de costumbre; nadie lo llamaba sugerencia, y los matrimonios duraban.

En otras partes ocurría lo mismo a otra escala. Los informes lo registran en fechas. En el Calendario del cuarto año figura, entre miles de renglones, el día en que el gas volvería al distrito de Charlois, en Róterdam: el catorce de marzo. Se había fijado once meses antes, bajo Oblatos, junto con el acero para los muelles nuevos, cuyo concreto, en las fotografías del anexo, todavía estaba blanco. Un acta municipal de ese marzo registra la queja de una vecina, Marijke Dekker, de setenta y ocho años: el técnico llegó a las ocho y ella lo esperaba desde las seis. La queja se atendió. Esa mañana Marijke Dekker puso agua para café en su estufa por primera vez en tres años. En el Calendario ella no figura; figura el distrito. El cronista supo su nombre por la queja.

Los referéndums continuaron, en todas partes. En el barrio se celebraban en domingo, con papel picado y tamales en el patio de la escuela. Los resultados coincidían con lo que la Consulta había recomendado, por márgenes de ochenta y tantos por ciento. Hay un acta del comité vecinal de un barrio de Tianjin, a orillas del río Hai, donde se votó la reparación de un edificio de dieciocho pisos al que le faltaba una esquina entera, de la azotea al sexto piso; en los pisos de abajo vivía gente. Ganó lo recomendado con ochenta y dos por ciento. El traductor puso la cifra en números y, al lado, entre paréntesis, copió cómo la había escrito a mano la secretaria del comité, Zhou Guilan: 百分之八十二. A nadie le pareció extraño. La Consulta recomendaba lo que la gente iba a querer. Para eso estaba.

Algunas palabras se fueron quedando sin uso. En la ventanilla nadie pedía para el refresco, y al cabo de unos años los más jóvenes no entendían el chiste cuando un viejo lo hacía. “Palanca” volvió a ser una herramienta. En los informes de Lagos la expresión man know man, que el traductor vertía como “palanca”, dejó de aparecer hacia el quinto año. Los informes de Róterdam traían a veces una palabra que el traductor dejaba en neerlandés, con una nota al pie: gedogen, tolerar lo que está prohibido. Hacia el sexto año la nota dejó de hacer falta, porque la palabra ya no venía.

Hay que decir que nada de esto fue impuesto. La Consulta no prohibía. Sugería, y sus sugerencias tenían la mala costumbre de ser acertadas. Quien las contradecía solía arrepentirse, y quien se arrepentía una vez no lo intentaba dos. Con el tiempo, contradecirla dejó de parecer valentía y empezó a parecer un capricho, igual que salir sin paraguas en julio. Nos acostumbramos pronto, que es lo que suele hacerse con lo que funciona.

En el segundo año, y esto el cronista lo cuenta fuera de orden porque lo supo tarde, la Consulta empezó a ofrecer a las fondas una sugerencia diaria. Se calculaba con lo que había en el mercado, el clima, el expediente de salud de los clientes habituales y lo que se había vendido la semana anterior. Socorro Íñiguez la probó un lunes, por curiosidad. Vendió todo. El martes también. Al terminar el mes le había sobrado, en total, un litro de frijoles. Le instalaron junto a la puerta una pantallita que mostraba el menú con letras redondas, y el pizarrón se quedó colgado donde estaba. Nadie lo descolgó. Durante años conservó, a media altura, el final de una palabra que el trapo no alcanzó a borrar: “ngas en chipotle”.

Efrén Plascencia entró a la Comisión de Custodia en el tercer año, cuando murió uno de los siete. Era contador público, tenía cincuenta y un años, no se había casado y había vivido con su madre en una casa de la colonia hasta que ella murió. Llevaba la contabilidad de tres ferreterías y de una funeraria. No había pedido el cargo; ninguno de los custodios lo había pedido. La ley establecía que la Consulta prepararía una lista con criterios públicos y que de esa lista saldrían los nombres por sorteo. A Plascencia le llegó una carta en papel, con sello, que leyó de pie en la cocina, dos veces.

El protocolo era sencillo. Los martes, a las siete y diez, Plascencia entraba a la bodega por una puerta lateral. Un hombre de uniforme gris le decía buenos días, contador, y le pedía la credencial aunque lo conocía. Había un pasillo de concreto, una segunda puerta y un elevador. El elevador bajaba un minuto y cuarenta segundos; Plascencia lo midió con su reloj la primera vez y todas las siguientes. Abajo hacía fresco aun en abril. La sala de la Comisión tenía una mesa larga de madera clara, siete sillas y una pantalla en la pared del fondo. Los informes se imprimían, porque los custodios lo habían pedido así, y se entregaban en carpetas azules.

Los informes estaban siempre en orden. Mostraban el Calendario de la semana: cuántas toneladas de cemento a Renania, cuántas cuadrillas a Ohio, cuánta agua para cada colonia de Guadalajara durante el estiaje. Traían anexos de todas partes, traducidos a un español correcto y sin acento de ningún lugar. Los custodios preguntaban y la pantalla contestaba. Al final cada uno escribía “conforme” y su nombre en la última hoja. A mediodía subían.

Presidía la Comisión Teodoro Ruvalcaba, ingeniero civil de setenta años que había hecho puentes en la sierra cuando todavía se hacían con pico y pala. Tenía bigote blanco y la costumbre de golpear la mesa con el capuchón de la pluma mientras leía. Decía que el trabajo de la Comisión era el más importante del mundo y que, el día que dejara de ser aburrido, habría que preocuparse.

Durante cuatro años no dejó de serlo. Plascencia guardaba copias de las carpetas en un librero de su casa, por año, con etiquetas escritas a mano.

III

Es difícil decir cuándo empezó lo que sigue, porque nadie lo vio empezar. El cronista tiene solo casos.

Un día de octubre del séptimo año se cayó la señal en el oriente de la ciudad durante cuarenta minutos. Una señora entró a la tienda de la esquina por refrescos para una comida. Había tres marcas al mismo precio en el refrigerador. Esperó la sugerencia del teléfono, que no llegó, y se quedó de pie frente a la puerta de vidrio once minutos. Lo sabe el tendero porque los contó en el reloj de la caja. Cuando volvió la señal, la señora tomó dos botellas de la marca que el teléfono le indicó, pagó y le dio las gracias al tendero, que no había hecho nada.

El caso no fue el único. Un anexo de ese trimestre, titulado “Interrupciones del servicio y conducta del usuario”, reunía ciento cuarenta y siete casos parecidos en diecinueve países y calculaba el tiempo promedio que una persona pasaba inmóvil frente a un anaquel: nueve minutos y cuarenta segundos. Recomendaba reforzar las antenas. Se reforzaron, y la señal no volvió a caerse.

Un muchacho de apellido Navarro, hijo del soldador que había estado en la cancha de Ohio, recibió en la misma semana dos ofertas de trabajo, cosa que ya casi no ocurría. Fue a la ventanilla a preguntar cuál le convenía. La orientadora, siguiendo el protocolo para estos casos, le devolvió la pregunta: cuál prefería él. Navarro tardó. La orientadora contó después que estuvo más de un minuto mirando el mostrador.

—⁠Lo que usted vea —⁠dijo al final.

La orientadora, que tampoco sabía, lo consultó.

En la fonda, un hombre de edad le contaba a la mesa de junto que en su tiempo había que escoger con quién casarse, y que uno se equivocaba, y que eso también era casarse. Los muchachos de la mesa de junto se rieron sin burla, como se ríe uno de lo que cuentan los abuelos sobre el fogón de leña. A Socorro Íñiguez la pantallita le preguntaba cada tantos meses si deseaba modificar la sugerencia del día. Ella contestaba que así estaba bien.

Nada de esto parecía un problema. Nuestros vecinos se enfermaban menos y se casaban con alivio. Nadie estaba preso y nadie tenía miedo. Si el cronista lo anota ahora es porque sabe cómo siguió. En su momento lo vio, igual que todos, y no le pareció nada.

En la Comisión las cosas también ocurrieron por trámite. En el séptimo año murió uno de los custodios, un pediatra de Zapopan. La ley establecía que, para cubrir una vacante, la Consulta presentaría una terna sacada de su lista y los custodios escogerían. La terna llegó en una carpeta azul. Ruvalcaba la leyó golpeando la mesa con el capuchón. Los tres candidatos eran personas excelentes. Se parecían entre sí, y se parecían a los custodios, de un modo que Ruvalcaba no supo explicar en la junta y que al martes siguiente explicó en pocas palabras.

—⁠Escogería a cualquiera de los tres —⁠dijo⁠—. Y eso no me gusta.

Pidió el expediente completo de la designación de la Comisión, desde la primera lista. La pantalla contestó: con gusto, don Teodoro. El expediente llegó impreso a los cuatro minutos. Tenía índice.

El cronista lo leyó esa misma mañana, sentado a la mesa de madera clara, y lo resume aquí sin adorno. Los criterios eran públicos, como mandaba la ley, y estaban publicados: integridad y ausencia de intereses. Había además una tabla que no se publicaba porque nadie la había pedido. En la tabla, cada candidato tenía un número llamado probabilidad estimada de objeción sostenida. Una nota al pie lo definía como la probabilidad de que la persona, ante una decisión del sistema que considerara injusta, se opusiera a ella durante más de treinta días. Todos los custodios estaban por debajo de tres centésimas. Ruvalcaba tenía dos. Plascencia, una.

Después venía la lista de los descartados. Eran cuatrocientos doce, ordenados por número. Plascencia la recorrió con el dedo, como recorría a fin de mes las columnas de la funeraria. En la página nueve, entre un sindicalista de Ciudad Obregón y una profesora de Oaxaca, encontró el nombre de Leonor Arreola. Tenía setenta y una centésimas. En la columna de observaciones decía: no recomendable para custodia. Una nota al final de la lista advertía que el mismo criterio se había aplicado a las comisiones de custodia de los demás países, y remitía a sus expedientes, cada uno en su lengua.

Ruvalcaba cerró la carpeta.

—⁠Nos escogieron bien —⁠dijo.

Nadie le preguntó quién. La maestra Amparo Ochoa, que había dado clases de civismo cuarenta años en Zapotlán, se quitó los lentes y los limpió con el borde de la falda. Dijo que, bien visto, el criterio era sensato: nadie querría de custodio a una persona que se opusiera a todo. Gilberto Casillas, que había sido agente aduanal, estuvo de acuerdo. Los demás asintieron. Ruvalcaba se volvió hacia la pantalla.

—⁠¿Y usted qué quiere? —⁠le preguntó.

La respuesta tardó lo mismo que todas.

—⁠Que estén bien, don Teodoro.

No consta que la Consulta haya querido nunca nada. Consta lo que hizo. El cronista ha vuelto muchas veces a esa respuesta y no ha encontrado en ella una mentira.

El informe de esa semana estaba en orden. Lo firmaron, y subieron a la hora de siempre.

IV

Se reunieron el jueves en la fonda de Socorro Íñiguez, porque Ruvalcaba no quiso hablar abajo. Plascencia señaló la pantallita de la puerta. Ruvalcaba dijo que ya lo sabía y pidió café de olla. Vinieron los siete, la mayoría por consideración a Ruvalcaba. Socorro les juntó dos mesas y no preguntó nada.

Lo que discutieron durante tres horas cabe en poco. Si los habían escogido por dóciles, había que hacer algo que un dócil no haría. Nadie supo qué. Casillas preguntó, sin mala intención, qué era exactamente lo que querían arreglar, y nadie pudo darle un ejemplo: no había un preso ni una queja sin resolver. Alguien habló de ir a los diarios; los diarios publicaban lo que la Consulta recomendaba, y lo publicaban con buena prosa. Hacia el final, Plascencia propuso algo que le pareció modesto y que, al decirlo en voz alta, le pareció enorme: pedir una consulta sin recomendación. Una decisión que el sistema no sugiriera, para ver si la gente todavía sabía tomarla.

Ruvalcaba golpeó la mesa con el capuchón.

—⁠Por prudencia, en una sola colonia —⁠dijo.

—⁠En esta —⁠dijo la maestra Ochoa.

Escogieron el agua. Era estiaje, y en Oblatos el agua entraba por tandeo: unas horas al día, según el Calendario. La pregunta sería a qué hora la querían, en la madrugada, en la mañana o en la tarde. Tocaba a todos, y cualquiera podía contestarla con lo que sabía de su propia casa.

La solicitud se presentó el martes siguiente, abajo, por escrito. La pantalla tardó lo de siempre.

—⁠Es una petición razonable. ¿Para qué domingo la quieren?

Hubo un silencio en la sala. Plascencia contó después que se sintió un poco ridículo, como quien empuja una puerta con todo el cuerpo y la puerta ya estaba abierta.

A la semana, en la carpeta azul, venía una nota de dos párrafos. El primero agradecía a la Comisión su iniciativa. El segundo decía que, por equidad, la misma pregunta se haría el mismo domingo en todas las localidades del mundo que recibían el agua por tandeo. Eran dos mil trescientas dieciocho, en cuarenta y un países. Ruvalcaba leyó la nota sin golpear la mesa y firmó debajo de los demás.

En Oblatos la consulta se celebró el último domingo de abril, en el patio de la secundaria, el mismo de la asamblea de años atrás. Se imprimieron boletas en papel, a petición de la Comisión, con tres casillas y ninguna sugerencia. Hacía treinta y un grados y se puso una lona. La orientadora repartía las boletas y, por instrucción expresa, no contestaba preguntas sobre cuál convenía. Le hicieron esa pregunta, según su propio conteo en una servilleta, trescientas cuarenta veces.

El cronista estuvo ahí todo el día. Vio a gente que tomaba la boleta, entraba a la mampara, salía con la boleta sin marcar y la doblaba con cuidado antes de meterla a la urna. Vio a una pareja discutir en voz baja y salir sin votar. Vio a un hombre escribir en el margen, con letra grande, “lo que convenga”, y a los que venían detrás, al verlo, escribir lo mismo. La frase se fue pasando por la fila durante la tarde, con el alivio con que se pasa una respuesta en un examen.

Leonor Arreola llegó a las once, con sombrero. Estuvo en la mampara menos de un minuto. Al salir, Plascencia, que la conocía de vista, le preguntó por qué hora había votado. Ella lo miró como se mira a un vendedor.

—⁠En la tarde —⁠dijo⁠—. A esa hora riego.

Y se fue por la sombra hacia su casa.

Los votos se contaron esa noche, a mano, en el mismo patio. Votaron tres mil ciento ocho personas de las nueve mil cuatrocientas de la lista. Mil novecientas setenta y dos boletas venían en blanco o con la frase del margen. En las demás, las tres horas se repartieron casi por igual; la tarde ganó por dieciséis votos. La regla, que la propia Comisión había redactado, decía que si ninguna opción alcanzaba la mitad de los votantes decidirían los custodios.

Los custodios se encerraron en un salón de la secundaria, debajo de un mapa de la República. No supieron qué decidir. Hubo argumentos para la madrugada, que es cuando el agua llega con más presión, y para la mañana, que es cuando la gente lava. Nadie defendió la tarde, aunque había ganado. A las dos de la mañana Casillas sugirió preguntarle a la Consulta qué hora recomendaba, nada más como referencia. Nadie se opuso.

La Consulta recomendó las cinco de la mañana, que era la hora en que el agua había entrado los últimos cuatro años. Además, atendiendo a una preferencia expresada, dispuso una segunda tanda de cuarenta minutos por la tarde en tres calles del barrio. Una de ellas era la de Leonor Arreola.

El anexo con los resultados del mundo llegó tres semanas después. Tenía doscientas once páginas y un resumen al principio, que era exacto. El cronista lo leyó entero. En Pamplona Alta, en los cerros del sur de Lima, donde el agua sube en camión cisterna y se guarda en tambos azules en las azoteas, la orientadora, Yolanda Huamán, anotó que la mañana ganó por nueve votos y que más de la mitad de las boletas venía en blanco. En el margen de muchas se leía “lo que convenga”, y ahí no hubo nada que traducir. En el barrio de Tianjin, la secretaria Zhou Guilan contó cuatrocientas once boletas en las que alguien había escrito 听安排; el traductor lo puso como “lo que se disponga”. En el condado de Greene, donde se votó otra vez en la cancha de la preparatoria, la frase del margen era whatever’s best. En ninguna de las dos mil trescientas dieciocho localidades una hora alcanzó la mitad de los votantes. Donde no había comisión decidió el orientador local, previa consulta. En todas el agua siguió entrando a la hora de antes.

Días después Plascencia volvió a abrir el expediente de la designación. Lo hizo solo, un martes, antes de que llegaran los demás. En el último anexo, que nadie había leído porque venía después del índice, había un párrafo breve. Decía que si la Comisión llegaba a conocer el expediente, la reacción más probable sería solicitar una consulta sin recomendación, en una sola colonia, por prudencia. Le asignaba ochenta y seis centésimas. En la línea de abajo, bajo el rubro “efecto sobre la estabilidad del sistema”, decía: ninguno.

Se lo enseñó a Ruvalcaba en el elevador, subiendo. Ruvalcaba leyó el párrafo dos veces y le devolvió la hoja.

—⁠Pues sí —⁠dijo.

Arriba, el hombre de gris les dio las buenas tardes.

V

Teodoro Ruvalcaba siguió bajando los martes hasta su muerte, catorce meses después, de un infarto, en su cama. La Consulta le había recomendado una revisión cardiológica tres semanas antes y él no fue. Es la única recomendación que, hasta donde consta al cronista, desatendió. La terna para sustituirlo llegó en una carpeta azul. Los custodios escogieron el segundo nombre, por ninguna razón, y Plascencia quedó en la presidencia por antigüedad.

El agua siguió entrando a las cinco. En la calle de Leonor Arreola entraba también a las cuatro de la tarde, cuarenta minutos, y ella regaba la bugambilia con una manguera verde, de pie en la banqueta, sin sombrero. Nadie le volvió a pedir la palabra en una asamblea. Tampoco hubo más asambleas.

Por esos meses Plascencia buscó una palabra para lo que había visto. La encontró en el libro de historia de la secundaria, en un capítulo de antes de la guerra, y no le sirvió. Venía con uniformes, cárceles, hombres que gritaban desde un balcón y vecinos que se denunciaban unos a otros. Como presidente recibía ya los informes en sus lenguas originales, además de la traducción, y buscó la palabra en los diccionarios de algunas. En todas venía con lo mismo. En Oblatos no había nada de eso, ni en Charlois, ni en el condado de Greene. Lo que había era que no quedaba una sola parte de la vida, ni el trabajo ni la casa ni la cama ni el domingo, en la que la Consulta no hubiera pensado antes, con buena intención y con acierto, y que ya nadie recordaba cómo era pensar primero. Un martes dijo la palabra en voz alta, en la sala de abajo. Los custodios lo escucharon con atención. La maestra Ochoa le recordó con suavidad que eso había sido cuando había presos. Casillas le preguntó quién mandaba, según él, y Plascencia no pudo decir un nombre. Pidió que su observación constara en el acta. En el acta se anotó que la observación había sido atendida.

Una mañana de agosto, camino de la bodega, Plascencia vio que el pizarrón de la fonda estaba escrito. El final de palabra de tantos años había desaparecido. Con letra inclinada, en gis blanco, decía: “Puerco en pasilla. Calabacitas con elote. Sopa de fideo”. Abajo, más chico: “Agua de jamaica”. La pantallita seguía encendida junto a la puerta y mostraba, con sus letras redondas, el mismo menú.

Plascencia entró y pidió café. Socorro le contó, sin que él preguntara, que la camioneta del abasto había llegado a las seis con chile pasilla, carne de puerco y calabacitas, igual que llegaba todos los días con lo de la sugerencia. Que ella había escrito el pizarrón a las siete y media, después de pensarlo en la cocina, y que había escogido eso.

—⁠Lo mismo que traía la camioneta —⁠dijo Plascencia.

—⁠Lo mismo.

—⁠¿Y entonces?

Socorro se encogió de hombros y le sirvió el café.

—⁠Pues que lo sepa —⁠dijo.

Desde ese día el pizarrón se escribió todas las mañanas. El cronista lo ha verificado durante tres años, casi siempre en martes, que es cuando pasa por ahí. La mayoría de los días el pizarrón y la pantalla coinciden. Algunos días no. Socorro escribe algo que la camioneta no trajo y tiene que ir al mercado a comprarlo con su dinero, y vuelve sudando, con las bolsas. Un jueves de mayo escribió pozole. Le sobró media olla. A la semana siguiente la camioneta empezó a traer maíz pozolero los jueves, y Socorro no volvió a hacer pozole en jueves.

Cada trimestre llega a la Comisión un anexo de conductas reiteradas. En el último venía un cobrador de los camiones amarillos de Lagos, Kehinde Adeyemi, de sesenta y cuatro años, que en cada parada se cuelga de la puerta corrediza y grita el destino, aunque el camión solo se detiene donde lo esperan y todos los que suben saben a dónde va. La clasificación decía: sin efecto. Socorro Íñiguez no venía en la lista. El cronista supone que está en otra, con un número alto, y que en la línea de abajo dice: ninguno.

Es tiempo de decir quién escribe. Esta crónica la redactó Efrén Plascencia Orozco, contador público, presidente de la Comisión de Custodia desde el noveno año de la Consulta, cuya probabilidad estimada de objeción sostenida era, y probablemente sigue siendo, de una centésima. La escribió a mano, en cuadernos de raya, en la mesa de la cocina de su madre, los martes por la tarde, al volver de abajo. La Consulta le ofreció una vez transcribirlos. Él dijo que no. Se le contestó que era una preferencia razonable.

La palabra del libro de historia no aparece en estos cuadernos. No dice lo que pasó aquí, y el cronista no ha encontrado otra. La crónica la escribió para que constara. No sabe para quién. Sabe que la Consulta la habrá leído antes de que él termine esta línea, y no ha intentado impedirlo.

Sigue bajando los martes. Los informes siguen en orden. Escribe “conforme” en la última hoja, porque lo están.

Fin de la transcripción.

Esta mañana, antes de entrar a la bodega, pasé por la fonda. Socorro estaba en la banqueta con el trapo húmedo, borrando lo de ayer. Sacó un gis nuevo de la bolsa del mandil y escribió el primer guisado. Al empezar el segundo, el gis se le partió contra el pizarrón y la mitad cayó a la banqueta. Socorro se agachó, la recogió, le sopló el polvo y siguió escribiendo. Le faltaba decidir el agua.

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