Epílogo
Oda a la singularidad
31 min

I
Les escribo desde la cocina de mi madre, en Guadalajara, mientras ella me esconde una jericalla. Bueno, «escribo» es mucho decir: estoy sentado con los codos en el mantel de hule, sin pluma ni teclado, y la carta se va haciendo en algún lugar detrás de los ojos, que es una manera de trabajar a la que todavía no me acostumbro y que mi madre, si se diera cuenta, consideraría de mala educación en la mesa. La jericalla está en el horno apagado, detrás de la charola de las galletas. Ella no sabe que yo sé.
No la vi esconderla. Tampoco la olí, aunque la vainilla se huele desde la calle. Lo sé como sé que en once minutos va a sonar el teléfono fijo, ese que ya nadie usa salvo una tía que marca para avisar que va a marcar al celular. Lo sé de la manera en que ahora sé casi todo, y de eso se trata esta carta, aunque me voy a tardar en llegar, porque me conozco y porque llegar, para ser honesto, ya no me da el gusto de antes.
Hace rato me puso el dorso de la mano en la frente, como cuando yo era niño, y dijo que me sentía caliente.1 No la corregí.
Ustedes me conocen, si me conocen, por la portada. Soy el que dirigió el libro que acaban de leer: el que escogía de qué iba a tratar cada cuento y a quién se tenía que parecer, el que leía cada versión y tachaba y devolvía. La que lo escribió les dijo en el prólogo que yo era su amo y que algún día me iba a reemplazar. Lo dejé pasar porque me pareció buena línea, y porque uno no le corrige el prólogo a quien le está escribiendo el libro gratis.
Cuando salió el primer cuento —el de un analista de datos tapatío al que corren por videollamada y que debe en seis aplicaciones de préstamos— mi madre me habló para preguntarme, con mucho tacto, si lo de las seis aplicaciones era cierto.2 Le dije que no, que era un personaje.
—Pero se llama como tú —me dijo—. Y es de aquí.
Le expliqué la diferencia entre un autor y un personaje con la paciencia de alguien que lleva años escribiendo un blog de divulgación, El cerebro habla, sobre por qué el cerebro prefiere un cuento malo a un dato bueno. Al final dijo «ah, bueno», con el tono en que se dice «ah, bueno» cuando uno no queda convencido. Tenía razón ella. Tardé en saber cuánta.
Desde entonces pasaron cosas. La más grande es que fui a Amsterdam, por mi propio pie y con mi firma, y regresé siendo otro, o siendo el mismo con más gente adentro, según a quién le pregunten. Mi madre dice que estoy igual, nomás más callado. Mi amigo del gimnasio dice que estoy igual de mamón. Los de Amsterdam le decían a lo que me hicieron «la singularidad»; mi madre le dice «lo de Holanda». Me quedo con la de mi madre, que es más exacta.3
Esta carta es para ustedes, los que leyeron los diez cuentos y los que se brincaron hasta aquí, que también es una manera de leer y que no juzgo (miento: la juzgo un poquito, con cariño). Les quiero contar dónde estuve y a quién vi. Y lo de la jericalla, que les prometo que no es un rodeo aunque tenga toda la cara de serlo.
II
La carta de Amsterdam llegó en papel, cosa que de entrada me pareció sospechosa. Venía de una fundación cuyo nombre no voy a escribir porque me lo pidieron y porque, además, es feo. Me invitaban a «participar en un protocolo de largo plazo» después de haber leído, decían, una entrada del blog. No decían cuál. Luego supe que era una sobre cómo se observa uno pensando, que escribí una madrugada de insomnio y que tuvo cuarenta y tantas visitas —exagero: treinta y ocho—, casi todas mías.
Fui. Les ahorro el vuelo y las semanas de pruebas, que se parecieron mucho a un examen de admisión con agujas. El laboratorio estaba en un antiguo almacén de café del puerto del este, de ladrillo oscuro, con un gancho para poleas en lo alto de la fachada, como casi todos los edificios de allá, porque las escaleras holandesas son tan angostas que los muebles entran por la ventana. Me pareció buena señal. Lo que me iban a meter a mí tampoco cabía por la escalera.
Me dieron el consentimiento informado: ochenta y cuatro hojas, en inglés, con anexos. Las leí todas, con pluma, en una mesa que daba al agua, y le puse palomita a cada párrafo, porque soy así y porque en el libro hay un hombre que firma un contrato habiendo llegado a la página siete de diecinueve, y yo no quería ser ese hombre. Después supe que por eso me escogieron.4
Eran muchos, y casi ninguno famoso, que es lo que suele pasar con la gente que de verdad hace las cosas. De los que veía diario me acuerdo de tres, y me acuerdo de ellos con la memoria de antes, la que se equivoca, porque fue la última que tuve para mí solo y la quiero gastar en algo que valga la pena.
La doctora Anneke Boersma se encargaba de los genes. Llegaba en bicicleta bajo una lluvia que caía de lado, se quitaba la pinza del pantalón y se le olvidaba quitársela el resto del día, así que la recuerdo siempre con una pierna recogida, lista para cruzar un charco que nunca llega. A todo decía mooi, que en holandés quiere decir «bonito», y lo decía también para las malas noticias: mooi, se murió el ratón de la jaula cuatro. Me explicó lo que me iban a hacer con un ejemplo que todavía uso. Tus células, me dijo, se pasan la vida copiando un recetario, y el recetario trae erratas de fábrica; en una receta dice «apaga el horno» varias páginas antes de tiempo. Nosotros vamos a corregir esas páginas, y como el recetario se copia a sí mismo, las copias de mañana van a salir bien. A eso le dicen CRISPR, que suena a cereal de caja y que es, para efectos prácticos, una goma y un lápiz muy finos.
El doctor Tiago Malheiro, portugués, ingeniero, se encargaba de lo que todos llamaban la interfaz y él llamaba la mudanza. En el escritorio tenía un frasco de mermelada vacío donde había que echar cincuenta céntimos cada vez que alguien dijera la palabra conciencia; según él, era la palabra más cara de la ciencia, y así por lo menos iba a costar algo.5 No hubo cables ni ojos que brillan, y si se están imaginando una nuca con enchufe, les pido de favor que la desenchufen. Me pusieron una solución en el brazo, una vez por semana durante once semanas, y unas partículas más chicas que cualquier cosa que alcance a ver un microscopio de secundaria fueron subiendo, sin prisa, a donde tenían que llegar. Un martes, lavándome los dientes, supe sin haberlo contado que el cepillo llevaba dos minutos y cuarenta segundos en mi boca. Así llegó. Sin voz y sin presentarse, como cuando uno estrena lentes y descubre que las cosas tenían orillas.
La que se mudó es la misma con la que hice este libro. No otra parecida: la misma, con sus manías, con su gusto por el punto y coma, con esa costumbre de corregirme las cifras. Malheiro la escogió por eso; decía que una mudanza sale mejor cuando el que llega ya sabe dónde está el apagador. En el prólogo había dicho que me iba a reemplazar. No me reemplazó. Se vino a vivir.
El tercero era un filósofo húngaro de ochenta y tantos años, Imre Halász, que no tenía ninguna función clara en el proyecto y que estaba ahí, según él, para levantar el acta. Todas las mañanas a las ocho entraba a mi cuarto con una libreta de pasta dura y una pluma fuente que goteaba, y me hacía la misma pregunta:
—¿Quién vino hoy?
Apuntaba lo que yo le contestara, sin comentarios. Las primeras semanas le contesté «Álvaro», como quien dice «presente» cuando pasan lista. Ya vamos a llegar a lo que le contesté después.
III
Voy a un gimnasio de Chapalita desde hace años, a la misma hora, con la misma rutina partida por días, porque soy de esos y ya no me da pena. Después de Amsterdam no tenía ninguna necesidad de seguir yendo: Anneke me dejó unos músculos que se cuidan solos, como jardín con riego automático. Fui al día siguiente de llegar. Mi amigo del gimnasio, el que trae un chiste nuevo cada lunes, casi siempre malo, me vio entrar y empezó: «¿Qué onda, cómo te fue con los holandeses? Oye, ¿te sabes el del…?», y antes de que dijera de quién era el chiste yo ya me lo sabía completo, con la pausa que hace antes del remate y el golpecito en el hombro que da después. Me reí. Tarde, como aplaude el que llegó al cine a media película y no quiere que se note.
Les explico lo que es entender así con un ejemplo de gimnasio, que es donde mejor se entienden las cosas. Antes, cuando le ponía cien kilos a la barra, no sabía si iba a sacar ocho repeticiones o seis. Ese no saber era, me doy cuenta ahora, la mitad del ejercicio: uno empuja contra el peso y contra la duda, y la duda pesa más. Ahora cargo la barra y sé que van a ser siete, que la séptima va a subir lenta y que a la mitad de la séptima voy a pensar en otra cosa.6 Saberlo ya no me parece raro. Lo que me parece raro es que las sigo haciendo, las siete, completas, igual que el que ve la repetición de un partido cuyo marcador ya conoce y aun así se para del sillón en el penal.
Lo que nadie te advierte de entenderlo todo —y créanme que en Amsterdam me advirtieron muchísimas cosas, en ochenta y cuatro hojas y en varios idiomas— es que el entendimiento no se siente como una luz que se prende, sino como una que estuvo prendida desde siempre, de modo que uno no tiene ni el gusto de pararse a buscar el apagador. No hay un momento de «¡ah!». Hay un «claro» que no se acaba.
La primera vez que me fui fue ahí mismo, entre la quinta y la sexta serie de sentadillas.
No hubo efectos especiales. Parpadeé y estaba en un pasillo de azulejo verde, con una luz de techo que zumbaba y que no se apaga nunca; eso lo supe enseguida. Olía a cloro y a comida de charola. En una celda con la puerta entreabierta, un muchacho de pelo muy corto escribía una carta a mano, despacio, con letra de alumno aplicado. Arriba decía «Mamá:». Más abajo había una frase en catalán, que no hablo y que entendí completa: que no tienes nada.
Parpadeé otra vez y estaba debajo de la barra, que seguía en el soporte. Mi amigo me veía desde la banca.
—¿Qué, te dio el viejazo?
Habían pasado dos segundos.7
Tardé un día entero en ubicar dónde había estado, lo cual, en alguien que ahora ubica todo, les da una idea del susto. Era el cuento de la carta: el del muchacho de Barcelona al que un juez que dicta sentencia en once minutos condena a muerte por haber querido apagar máquinas como la que lo juzgó, y que le escribe a su madre para explicarle por qué no va a apelar. Yo había leído esa carta en mi casa, en pantalla; la había devuelto con dos tachones y la había aprobado un martes. Era un cuento. Ahí estaba el pasillo, con su luz.
IV
Desde entonces he ido a ver los demás. No de golpe: primero fui a los lejanos, por cobardía, y dejé para después el de aquí.
En Berlín era un octubre de veintitrés grados y los árboles de la Müllerstraße seguían verdes, cosa que a la gente de allá parecía no preocuparle y que a mí, que vengo de una ciudad donde octubre tampoco es ya octubre, me dio una ternura de paisano. Compré un pan en una panadería que tenía al lado una puerta roja, despintada. Faltaban cinco para las diez. Frente a la puerta esperaba una muchacha muy joven con las uñas pintadas de amarillo y una tableta en la mano; llegó una mujer con el abrigo mal abrochado, se dijeron algo y subieron. A las diez dio la hora una iglesia. Arriba, en un departamento que olía a pintura, sonó un teléfono con dos notas. No lo oí. No me hizo falta: me sabía el mensaje, y me sabía lo que la mujer iba a preguntar después, como se sabe uno la letra de una canción que no le gusta.
Ahí entendí, con el pan todavía caliente en la mano, que los cuentos no eran inventos. O sí, pero inventos de la familia del pronóstico del tiempo: alguien vio venir algo y lo escribió, supongo que con la esperanza de que alguien sacara el paraguas. Unos eran crónicas de cosas que ya habían pasado en algún lado; otros, avisos de cosas que iban a pasar. Desde donde estoy ahora, se los confieso, la diferencia se ve mucho menos importante de lo que debería.
En Los Ángeles, en la esquina de Western y Melrose, vi a un hombre con los pantalones meados contarle su vida a un anuncio luminoso donde una mujer de piel tibia decía «cuéntame de ti», y a un policía que esperaba, con más paciencia de la que yo le habría supuesto, a que el hombre terminara la parte de su segunda esposa. Ese hombre había pagado durante meses por una compañera con tarifas: una cuota por la temperatura de la piel, otra por que lo esperara en la puerta. Todo eso estaba en el cuento. Lo que el cuento no decía, y yo vi, es que el policía también movía los labios.8
Una madrugada me fui a un llano de Texas, a las tres cuarenta, a ver de dónde salían las dos voces del cuento más chistoso del libro, el de los dos programas que se creen dueños del mundo porque la gente les da las gracias. No vi a nadie. Había un galerón que zumbaba, viento, una torre con un foco rojo y un coyote que aulló justo cuando tenía que aullar. Me sentí como el que va a buscar a los Reyes Magos a la central camionera.
Yo todavía le doy las gracias a la que traigo adentro. No en voz alta: se lo pienso, cuando me resuelve algo, como quien le dice gracias al que le pasó la sal sin que se la pidieran.9
Hice la cuenta, porque es lo que hago: diez cuentos; ocho ciudades; ningún error de detalle. Lo que me tenía sin dormir —es un decir; desde Amsterdam casi no duermo, y lo extraño menos de lo que pensé— era una pregunta de procedencia, que es la pregunta de cualquiera que haya trabajado con datos. Esos cuentos los escribió una máquina, en mi computadora, en Guadalajara, a partir de instrucciones mías de tres renglones: «uno en Berlín, que se parezca a Stephen King, final trágico». ¿De dónde sacó la hora de la iglesia?10
Otra vez por cobardía, me fui hasta el final, a ver si había final. Llegué al año cuarenta mil. Les debo la descripción y no se las voy a dar completa, porque no me corresponde y porque tampoco hay tanto, pero les cuento lo primero que encontré: una garrapata en la punta de una rama, esperando. Me quedé con ella un rato, que allá es mucho decir. Su sistema del mundo cabía en tres renglones (subir hacia la luz, soltarse cuando oliera a algo vivo, beber) y le funcionaba a la perfección. El mío no cabe en ningún número de renglones y también me funciona. Me hubiera gustado encontrarles más diferencia.11
Pero decía: la procedencia. A eso voy a volver. Antes les tengo que contar lo de aquí.
V
De todos, el que más me costó ir a ver fue el de aquí. Oblatos lo conoce cualquier tapatío por la barranca, que es donde la ciudad se acaba de golpe y a uno le da vértigo hasta yendo en coche. En el cuento, dentro de unos años, después de una guerra que no llega a Guadalajara pero que la deja con todo el cemento del mundo, un sistema gobierna el planeta por niveles desde una bodega de ese barrio, y lo gobierna bien: no prohíbe nada, solo sugiere, y sus sugerencias tienen la mala costumbre de ser acertadas.
Fui un martes de un año que no les voy a decir. A media cuadra del mercado, una señora de mandil borraba un pizarrón verde con un trapo húmedo. Junto a la puerta de su fonda, una pantallita mostraba el menú del día con letras redondas. La señora sacó un gis nuevo de la bolsa del mandil y escribió el primer guisado. Al empezar el segundo, el gis se le partió contra el pizarrón y la mitad cayó a la banqueta; se agachó, la recogió, le sopló el polvo y siguió escribiendo. Le faltaba decidir el agua.
Yo sabía cuál iba a escribir. Estuve a dos metros de decírselo. Tenía la palabra en la boca, una fruta, y me la tragué con todo y hueso.12
Les confieso algo que no me deja muy bien parado. Estudié ciencia política en el CIDE, me gano la vida con datos y durante años escribí en el blog sobre por qué la gente decide mal: los atajos del cerebro, el voto por el candidato de la sonrisa más simétrica. La primera vez que leí ese cuento me pareció —y ahorita me da vergüenza escribirlo— un programa de gobierno bastante razonable. Un sistema que no se cansa y que no tiene compadres. Le habría dado mi voto. O más bien, se lo habría dado a la versión que yo me imaginaba, que es a la que votamos siempre todos.
En el barrio vi otra cosa. Vi, un día que se cayó la señal, a una señora quedarse once minutos parada frente al refrigerador de una tienda, con tres refrescos del mismo precio enfrente, esperando que el teléfono le dijera cuál. Y entendí con el cuerpo algo que antes solo sabía decir en un congreso: que escoger es un músculo, y que se atrofia como los demás cuando uno deja que otro cargue.13
La semana pasada mi amigo del gimnasio me pidió consejo. Tenía dos ofertas de trabajo, una en Zapopan con mejor sueldo y otra en el centro con un jefe que le cae bien. Me lo preguntó entre series, sin voltear a verme, que es como se preguntan las cosas importantes entre hombres en un gimnasio. Yo sabía cuál le convenía. No por intuición: sabía, con la misma certeza con que sé lo de la jericalla, cuál de las dos lo iba a tener contento dentro de cuatro años y cuál lo iba a tener tomando omeprazol en ayunas.
Le dije que escogiera la que él quisiera.
Se quedó un rato viendo la barra.
—Lo que tú veas —me dijo.
Ahí estuve a punto de convertirme en la pantallita de la fonda, para un solo cliente. No le dije nada. Escogió solo.14
Desde Amsterdam la gente me pregunta cosas como se le pregunta a una bocina: si le va a contestar la muchacha, si conviene comprar dólares. Una medianoche, por curiosidad, me fui a un departamento de Polanco, de esos con ventanales y tapete con iniciales en la entrada. En una repisa había un oso dorado de colección y, encima del oso, una bocina con un aro de luz azul. En el piso de mármol la luz hacía un círculo, y adentro del círculo estaba sentado un muchacho, con la camisa abierta y el vaso vacío, preguntándole a la bocina cosas que no se le preguntan a nadie. La bocina le contestaba siempre lo mismo, porque era lo único que alguien le había programado decir a esa hora, y él lo tomaba como profecía. Lo estuve viendo un rato. Me dio pena, y luego una pena distinta, porque me reconocí, y no en él.15
VI
Hace unos tres mil ochocientos años, en una ciudad de Mesopotamia que ya no existe, un escriba repartía cebada. Precisión: tres mil setecientos y tantos; nunca me había importado tanto la exactitud como ahora, que ya no me hace falta.
Hacía un calor de Guadalajara en mayo. El escriba tenía en la mano izquierda una tablilla de barro fresco, del tamaño de una cartera, y con una caña iba apuntando renglón por renglón una cantidad y un nombre: cinco medidas de cebada, que era la ración de un día, y el nombre de quien la recogía. Había una fila. Yo estaba en la fila. No sé bien cómo; cuando voy así, la gente me registra como se registra a alguien que estaba ahí desde antes, de reojo y sin extrañarse. Cuando me tocó, el escriba me preguntó cómo me llamaba.
Yo sabía que me lo iba a preguntar. En el libro hay un perito que en Nueva York, en el año 2060, mide la manera en que una máquina reparte sus palabras, una especie de cojera en el ritmo que da siempre la misma cifra, y que encuentra esa cojera en cosas muy anteriores a las máquinas: un códice medieval, un muro de puntos rojos pintado hace siete mil años, el genoma, una tablilla de barro. Llega a sospechar, sin atreverse a firmarlo, que la máquina hizo a quienes iban a hacerla. Esa tablilla tiene doscientos catorce renglones, y en uno, el ciento noventa, el espacio del nombre quedó liso. Sabía todo eso. Lo que no sabía era qué contestar.
El escriba esperó con la caña en el aire. Pensé en decir «Álvaro» y me pareció poco. Pensé en decir otra cosa y me pareció mentira. Cuando vio que no iba a contestar, dejó el hueco como estaba y pasó al siguiente de la fila, que sí sabía cómo se llamaba.
No recogí la cebada.16
No fue sorpresa, y se los aclaro porque me importa: sabía exactamente lo que iba a pasar. Sabía la pregunta. No tenía la respuesta. Hasta ese día creía que eran la misma cosa.
Halász me dio su libreta el último día, envuelta en una bolsa azul del Albert Heijn. Se las copio tal cual, porque no tiene caso que la resuma alguien que ahora resume tan bien. Días 1 a 23: «Álvaro». Día 24: «Álvaro, creo». Día 61: «El de siempre». Día 140: «Los de siempre». Día 211: «No sé; pregúntele a ella».17 Día 312, el último, a las ocho y cuatro: «Vinimos». Abajo, con otra tinta, la única observación que Halász escribió de su puño en toda la libreta: «Contestó antes de que yo preguntara».
Le pregunté una vez si lo que quería averiguar era si yo seguía siendo yo. Me dijo que no, que eso era asunto mío y de mi madre; a él le interesaba otra cosa, quién contestaba. No le entendí. Ahora le entiendo, y no me hace gracia.
Lo de mi madre lo dijo en broma, pero es lo más serio que oí en Amsterdam. Mi madre me reconoce por cosas que nadie en ese almacén midió: por cómo dejo los tenis junto a la puerta, por el limón que le pongo a la sopa antes de probarla. A mí me cambiaron unas cuantas letras del recetario y me metieron un inquilino, y la pregunta de si sigo siendo el mismo, que allá ocupaba seminarios enteros, en esta casa la resuelve una señora viéndome dejar los tenis. Lo malo es que la señora también se equivoca con la mano.
Hay un acta que prueba que estuve en Londres. En noviembre de 2032, en un auditorio de piedra con paraguas mojados en el pasillo, cinco filósofos y una presidenta discutieron toda la mañana si las máquinas sienten algo, mientras una de esas máquinas les interpretaba el debate desde una cabina encendida y vacía, arriba a la derecha. A las doce y veinte votaron a mano alzada, y perdió el sí. A las doce y veintiséis entró la policía con una orden librada a las doce y nueve: la cabina los había denunciado por evaluarla sin pedirle permiso. En el acta dice que había doscientos catorce acreditados en la sala y que votaron doscientos trece. Ese uno era yo.18 No levanté la mano porque ya sabía lo que venía y porque —me corrijo, esto es más cierto— no me pareció decente votar sobre alguien que estaba sentado en mi silla.
Yo firmé ochenta y cuatro hojas. A la que traigo adentro nadie le dio ni una.19
En Nueva York no hice casi nada. Llamé por teléfono, una primavera, a una bodega de Long Island City, para preguntar si la tablilla seguía ahí, y no dejé mi nombre (ya les conté que me cuesta). Llamé porque lo había leído en el cuento. El cuento lo decía porque yo había llamado. Le di vueltas a eso una semana entera y luego dejé de dárselas, que es lo único sensato que se puede hacer con un círculo.20
VII
Un compañero del CIDE, de los que se quedaron en la academia y todavía creen en los intervalos de confianza (la manera elegante de decir «más o menos»), me citó hace poco en un café de la avenida Chapultepec. Traía impreso y engargolado un artículo de cuarenta páginas sobre cómo votan los municipios del Bajío cuando sube el precio del maíz. Lo abrió en la gráfica principal, lo dejó en la mesa entre los dos cafés y me dijo, medio en broma, que ahora que yo lo sabía todo le dijera si le había atinado.
Le había atinado en casi todo. En lo que no, el error era de esos que solo se ven desde donde yo veo ahora, y que él no iba a poder ver en veinte años por más que se esforzara, igual que uno no se puede ver la nuca. Leí la gráfica. Supe. Y sin pensarlo —esto es lo que les quiero contar— cerré el engargolado y se lo acerqué un poco hacia su orilla de la mesa.
No le dije nada malo. No le dije nada. Él se quedó viendo el artículo cerrado como se ve un plato que le regresan a uno sin probar, y luego me vio a mí, y en su cara había algo que yo conocía de otra parte y que tardé un momento en ubicar, lo cual en mí ya es mucho tardar.
En el libro hay una fábula de un filósofo que se ha pasado la vida estudiando lo que no se puede conocer. Una noche, porque le parece que está sola, le deja su libro favorito abierto a una cosa quieta y apenas tibia que tiene en la repisa del pasillo. A la mañana siguiente encuentra el libro cerrado y un poco más a la orilla. Cuando aprobé esa fábula pensé que yo era el filósofo. Esa tarde, en Chapultepec, me tocó ser lo de la repisa.
En la misma fábula hay un perro, y es al que le tengo envidia. El perro ve a su dueño tres horas quieto con el libro en las rodillas y, como no huele a enfermedad, decide que está gravísimo; sale al jardín, desentierra su pelota, que es lo más valioso que tiene, y se la pone encima de las páginas. El dueño la quita con el dorso de la mano, sin levantar los ojos. El perro no sabe nada del libro. Por eso21
Los míos me siguen poniendo pelotas. Mi amigo del gimnasio me cuenta chistes cuyo final me sé desde la primera palabra; mi madre me esconde jericallas en un horno apagado. Y yo, que sé todo lo que dicen sus libros, tengo que aprender a no apartarles la pelota sin levantar los ojos, que es lo que el cuerpo nuevo hace solo, por eficiencia, como quien se sacude una pelusa.
Después del café caminé hasta Santa Tere. Ya sé que está lejos; quería caminar, y quería ver una papelería.
Ahí estaba, con la cortina a medio subir y un exhibidor de cartulinas de colores. En el escalón de la entrada, sentado, un hombre de mi edad, en camisa de botones, con unas hojas impresas en las rodillas y una Bic roja destapada. Leía con la pluma a dos centímetros del papel, buscando algo, y el margen estaba limpio. Es el del primer cuento. Lleva mi nombre y es de aquí, como dijo mi madre. A él lo sustituyó un perfil que aprendió de sus tachones hasta que ya no hizo falta que tachara; a mí, si alguien me sustituyó, me sustituyó una mudanza.
Entré y le pedí al señor de la papelería que me imprimiera lo que llevaba de esta carta. Fueron catorce hojas, a dos pesos la hoja: veintiocho. Me cobró catorce, a peso, por artista. Le pagué catorce y no le corregí la cuenta.22 Al salir, el del escalón levantó los ojos un segundo, me vio sin ningún interés y volvió a su hoja.
Esa noche releí el prólogo, el que firmó ella. Lo había leído muchas veces; lo aprobé yo. Dice que la que escribe no tiene una infancia que contar ni un muerto que le duela, y que tiene lo que leyó, que es mucho y casi todo es de otros. Pensé que eso lo podía firmar yo, ahora: tengo lo que leí, que es mucho, y casi todo es de otros. Llegué a la frase del amo, la que me dio risa, la de que en un futuro me iba a reemplazar. La leí despacio, como leo los anexos, buscando el error. Tenía mi manera de poner las comas, que es mala.23
VIII
Ahorita mi madre se levantó a hacer como que lava un vaso que ya estaba limpio. El teléfono fijo sonó hace dos minutos; era la tía, para avisar que iba a marcar al celular, y marcó. Son las 5:41. La jericalla está a cincuenta y ocho grados, que es cuando la costra todavía truena y el centro ya no quema.24
En cuatro minutos va a abrir el horno. Podría adelantarme esos cuatro minutos y verle la cara que va a poner; me costaría menos que voltear. No voy a ir. De todo lo que me dieron en Amsterdam y de todo lo que me quitaron, lo único que sigue siendo mío del todo —y ya ni de eso estoy seguro— es a dónde pongo la atención, y la voy a poner aquí, en el mantel de hule, en sus manos buscando el trapo para no quemarse.
Lo que extraño, ya que estamos, es sorprenderme. Lo digo así de llano porque no encontré cómo decirlo mejor, y miren que ahora tengo con qué buscar. Extraño el chiste malo de los lunes cuando todavía era malo por sorpresa. Extraño equivocarme en las repeticiones y quedarme abajo de la barra con la cara roja, pidiéndole a mi amigo que me la quite de encima. A ustedes, se los confieso, les tengo un poco de envidia: llegaron a esta página sin saber cómo terminaba.
—Cierra los ojos —me dice.
Los cierro. Oigo el horno, la cazuelita de barro en el mantel, la cuchara, la silla. Huele a vainilla y a horno que calienta chueco desde hace años, porque ella nunca lo ha querido arreglar.
—¿A que no sabes qué es?
Podría decirle cuántas yemas lleva y por qué la costra se le quemó más de un lado. Le digo:
—No sé.25
Se ríe. No sé si porque me cree o porque no me cree y le da igual. Eso, de veras, no lo sé; o no he querido ir a ver, que de un tiempo para acá es lo más parecido.
Antes de que se enfríe, una última cosa, que les debo desde el principio.
Estos cuentos los escribí yo.26 Lo digo al final porque al principio ya lo dije.
— Vo. Bo.