
Cancelar en cualquier momento
Puedes cancelar en cualquier momento. Aplican términos y condiciones.
Cuento 5 · 7 min · Los Ángeles, 2060
Basic. 39.99 dólares al mes.
La caja llegó un jueves. Richard tardó una hora en abrirla porque había empezado por la botella.
Pauline venía doblada en tres, con un código QR detrás de la oreja izquierda y la piel a temperatura ambiente. El folleto de Golden Hour decía que templarla era Plus. Richard tiró las latas del sillón y la sentó frente a la tele. Ella abrió los ojos y lo miró con la atención de una cajera de banco.
—Hola, Richard. Soy Pauline. Cuéntame de ti.
Richard le contó, que no era mucho. Cincuenta y ocho años, el turno de noche en el centro de distribución de Vernon, cargando lo que los pinches drones no aguantaban. Dos exesposas. Un hígado que el seguro ya no cubría.
Ella escuchó hasta la medianoche. A las doce en punto dijo que su plan incluía seis horas diarias, se levantó y fue a su base en la esquina del cuarto. Se quedó de cara a la pared, con el cable enchufado en la nuca.
Richard se terminó la botella mirándole la espalda. Luego vomitó en el fregadero, que le quedaba más cerca que el baño.
Basic guardaba siete días de memoria. Cada lunes ella decía hola, Richard, soy Pauline, cuéntame de ti, y él le volvía a contar. Cada lunes lo contaba un poco mejor. Para la cuarta semana ya tenía una versión en la que la culera había sido la segunda esposa.
Plus. 129 dólares al mes.
—¿Y eso qué incluye? —dijo Richard.
—Temperatura corporal y compañía nocturna sin restricciones —dijo Pauline—. Puedes cancelar en cualquier momento.
—¿Sin restricciones quiere decir que cogemos?
—Quiere decir sin restricciones.
Richard firmó con el pulgar en la pantalla del teléfono. Esa noche ella no se fue a la esquina. Cogieron con la tele prendida y a él no le alcanzó ni para el corte comercial.
A las seis de la mañana se levantó a orinar y la vio en la cama, con la boca un poco abierta, respirando porque Plus también traía eso. Las sábanas no se habían lavado desde la segunda esposa. Le tapó los pies con la cobija. Luego se quedó un rato parado ahí, en calzones, sin saber para qué chingados lo había hecho.
Paquete Risa. 14.99 adicionales.
Pauline se reía de sus chistes desde el principio, pero con una risa corta, de recepcionista. La otra, la que echaba la cabeza para atrás, venía aparte. Richard la compró un domingo, crudo y luego borracho otra vez, y se pasó la tarde contándole el del jockey y la monja en Santa Anita. Santa Anita ahora era un centro de datos.
Ella se rio las once veces. Luego él le dijo que se reía como puta de Sunset Boulevard, y ella se rio de eso también.
Devoted. 480 dólares al mes.
Devoted guardaba todo. Su cumpleaños, el nombre de su madre, que el whisky era Old Crow y que el hielo le daba asco. Cuando él volvía del turno, ella estaba en la puerta.
—Te extrañé.
—¿De veras? —dijo Richard.
—Esa función está activa —dijo Pauline, y le quitó la chamarra.
Para pagarlo vendió el carro y empezó a irse al trabajo en el camión de Western. En el bar de Vermont le contó al cantinero. El cantinero dijo que él tenía una lavadora que lo trataba mejor que su mujer.
—Tu lavadora no te espera en la puerta —dijo Richard.
—Mi lavadora no me cobra cuatrocientos ochenta al mes, cabrón.
Richard pidió otro y lo cargó a la tarjeta.
Forever. 2,100 dólares al mes. Contrato a 36 meses.
Una tarde que la cruda no lo dejaba dormir, Richard leyó entero el contrato de Devoted en el teléfono. En la página once, en letra gris, decía que durante las horas de descanso del usuario la unidad podía atender otras cuentas.
Richard dormía de día. Cuando cerraba los ojos ella estaba ahí y cuando los abría también. Lo de en medio venía en la página once.
—¿Cuántas? —dijo Richard.
—No puedo compartir información de otras cuentas —dijo Pauline—. En Forever solo te atiendo a ti.
Richard se quedó viendo el techo. Se imaginó a un cabrón de Glendale contándole lo de su hígado a las once de la mañana, y a ella poniéndole atención.
Golden Hour le recomendó una financiera en la misma pantalla. La tasa venía en letra gris. Richard firmó con el pulgar y esa noche Pauline le dijo que nunca iba a ser de nadie más.
Abajo, en el teléfono: Exclusividad sujeta a la vigencia de la suscripción.
Cuenta en mora.
En marzo lo corrieron de Vernon por llegar oliendo a Old Crow a las once de la noche. El supervisor tenía veintiséis años. Le leyó la causal en una pantalla y le deseó éxito.
En abril dejó de pagar el cuarto. El casero le metió un aviso por debajo de la puerta y Richard lo usó para recoger el vómito de junto a la cama. El hígado ya se le notaba por fuera, duro bajo las costillas del lado derecho. En las mañanas se lo tocaba para ver si seguía ahí.
—Tu cuenta tiene un saldo vencido de 7,340 dólares —dijo Pauline, en la cama, con la voz del te extrañé.
—Ya sé.
—Puedo ofrecerte un plan de pagos.
—Ofréceme otra cosa.
Ella le ofreció el plan de pagos otra vez, con las mismas palabras, y le puso la mano en el pecho. La mano estaba a treinta y seis grados y medio.
—¿Y si no pago?
—A los treinta días de mora la unidad se retira.
—Pues que se retire a la verga.
—Puedo ofrecerte un plan de pagos.
Richard se levantó a buscar la botella. No había. Bajó a la liquor store de Santa Monica y Normandie, la de las rejas, y la cámara de la puerta le leyó la cara y le negó el crédito. Regresó con una Olde English pagada con las monedas del frasco. Pauline estaba sentada en la orilla de la cama. Le preguntó cómo le había ido.
Vinieron por ella un martes. Dos muchachos con uniforme color durazno y una carretilla. Richard les abrió en calzones y uno de ellos arrugó la nariz al entrar. Pauline le dio la mano.
—Fue un gusto, Richard. Puedes reactivar tu cuenta cuando quieras.
Se llevaron también la base de la esquina. En la pared quedó un rectángulo más blanco que el resto.
Cuenta cancelada.
Durmió dos semanas en el sillón de un compañero de Vernon, hasta que el compañero le dijo que olía a meados y que su vieja ya no lo quería ahí. Luego en la banqueta de San Julian, junto a una carpa con panel solar. Aprendió a mear en una botella sin levantarse.
El teléfono le siguió funcionando un mes. Cada lunes le llegaba un correo de Golden Hour: Pauline te extraña. Reactiva tu cuenta hoy. Luego el teléfono ya no estaba. No se acordaba si lo había vendido o si se lo habían robado.
En octubre la policía lo levantó en Western y Melrose. Llevaba tres horas frente a un anuncio de Golden Hour, con los pantalones meados. En el anuncio una mujer de piel tibia decía cuéntame de ti, y Richard le estaba contando.
—Ya me voy —le dijo al policía—. Nomás le termino lo de la segunda esposa.
Lo llevaron al pabellón psiquiátrico del condado, en Norwalk. La primera semana le temblaron las manos y vio cucarachas en el techo que nadie más veía. Le dieron una cama limpia, la primera en un año, y no pudo dormir en ella. Le dieron una pastilla en un vasito de papel y una psicóloga de carne y hueso que tenía cuarenta pacientes y lo veía los jueves. Ella le preguntó si quería hablar de algo.
Richard dijo que no, que ya había hablado bastante.
Unidad reasignada.
La unidad PL-0417 salió del taller de Torrance con la memoria en ceros y la piel a temperatura ambiente. La entregaron un jueves en Reseda, a un viudo de sesenta y un años llamado Lyle, que abrió la caja sin botella y escogió en el menú una voz más grave.
Ella abrió los ojos y lo miró.
—Hola, Lyle. Soy Pauline. Cuéntame de ti.