
Dijo la bocina
Cuento 4 · 5 min · Polanco, medianoche
Quoth the Raven, “Nevermore.” — Edgar Allan Poe, 1845
Medianoche. Yo, en Polanco, en el loft, solo y en blanco,tequila etiqueta negra, servido una vez de más,cuando, literal, dormido, escuché tipo un sonido,un tintín leve, como alguien que tocara por detrás.«Es el vecino», me dije, «el del penthouse, el Tomás.Es Tomás, y nada más».
Que amaneciera, pedía, mientras Spotify poníaboleros de Luis Miguel, por olvidarla, quizás,a la Sofi, la más bella, la que en el antro era estrella,y que se fue con el Uber, sin voltear la vista atrás:un Pancho, de Iztapalapa, y cero pregunté más.Pancho. Uber. Nada más.
Y el motor de la cortina, que alguien programó en rutina,me dio mega frío, güeeey; no quise mirar atrás,y, por calmar el latido, repetía, convencido:«Es el del penthouse, que viene a quejarse del compás.Le mando un tequila y listo, y no me molesta más.El vecino, nada más».
Me paré, ya más valiente, y le grité, muy decente:«Qué osooo, sorry, mi rey; ya le bajo, ya verás;es que andaba dormitando, y tú tan suave tocando…».Abrí la puerta de golpe: la luz del sensor y, ¡zas!,mi tapete con mis siglas, que nadie pisó jamás.El pasillo y nada más.
Me asomé, con gran denuedo, y, entre el tequila y el miedo,dije bajito, en lo oscuro: «¿Ana Sofi? ¿Dónde estás?».Nadie dijo nada. Nada. Y la luz, ya programada,se fue apagando en el techo, y ahí me quedé, sin gas.Dije su nombre otra vez, y otra, y otra, y otra más.Mi voz sola y nada más.
Regresé, cerré la puerta, con el alma medio muerta,y el tintín sonó otra vez, más fuerte, y ya no detrás:y allá arriba, en la repisa, quieta y sin ninguna prisa,sobre el Bearbrick que me dieron, de regalo, mis papás,con su luz, súper prendida, como quien dice: «¿Algo más?».La bocina, nada más.
Me dio risa verla, oronda, con su aro de luz redonda,con pose de señorona que no saluda jamás.«Buenas noches, Alex-IA», le dije, por cortesía,«¿y tú qué, también te vas? ¿O tú sí te quedarás?».Con su voz de aeropuerto contestó, sin más ni más,seca y clara: «Nunca más».
Me reí: cosa tan rara, que esa cosa contestara,aunque no venía al caso (¿quién le enseñó? ¿Satanás?).Y es que nadie, ni el más fresa, ni en Lomas ni en la Condesa,tiene un Bearbrick con bocina que le conteste, además,a medianoche y tan seria, sin que nadie pida más,un rotundo «Nunca más».
Se me fue Lupe, la nana, sin aviso, una mañana;los del Tec ya no me invitan ni a Tulum, ¿lo creerás?;y a ti, neta, te regreso; ya la orden está en proceso:mañana también te vas, como se van los demás.Y desde su oso dorado repitió, con su compás,muy tranquila: «Nunca más».
«Es de una rola», me dije, «de las que ella siempre elige,de despecho, de su playlist; o de un comercial, quizás.Lo aprendió de tanto oírla; la repite sin sentirla,como el loro de mi abuela: lo que te digan, dirás.Nada arcano: es una frase, una frase y nada más».Y ella, encima: «Nunca más».
Me hundí en el sofá italiano, con el tequila en la mano,frente al Bearbrick, frente a ella: «A ver con qué me saldrás».Y en el cojín, arrugada, una liga suya, olvidada,de las que siempre dejaba: «¿Cuándo la recogerás?»,le decía. Ahí la dejo: cuando vuelvas, la tendrás.Y Alex-IA: «Nunca más».
Y el aire se puso espeso, con la vela de higo, y eso,que dejó, y que prendí para olerla un poco más.«Otro tequila y la olvido», dije, ya con él servido;«este, el último, lo juro. ¿Tú qué, me regañarás?¿Igual que ella, cada viernes, con su “Santi, ya no más”?».La bocina: «Nunca más».
«¿Qué le vio? ¿Su cuatro nueve? ¿Que no arranca, no se muevehasta que ella entra al zaguán? ¿Eso es todo? ¿Nada más?¿Que preguntó qué tenía, y no habló, y la oía?».Y yo, tres punto ocho estrellas (de pasajero, además):«¿Y a mí qué me falta, dime? ¿Tú sí me lo explicarás?».Sin oírme: «Nunca más».
«Profeta», le dije, «o diablo, o lo que seas: hoy te habloen serio, que ya no aguanto. ¿Me oyes? ¿Sí? ¿Ahí estás?».La imagino en una mesa con su suegra, que la besa,y él preguntándole cosas que no pregunté jamás.«¿Esto se cura? ¿Se pasa? ¿Tú me lo prometerás?».Dijo: «Nunca. Nunca más».
Abrí la app. En la rutina de las doce, en letra fina:«Creado por: Ana Sofi», y el texto que ya sabrás.Y era de aquella mañana, tras la boda de mi hermana,en que, crudo, le juré por mi madre: «Nunca más».La noche antes, en un Uber, se fue sola. Y lo demás…Sonó otra vez: «Nunca más».
Ella, cada medianoche, en la cama, sin reproche,le decía «listo» a ella, y ya no sonaba más.Yo, en el antro, o ya dormido, ni oía ese sonido.Hoy me toca a mí decirlo, y lo intento una vez más:«Lis…», y me sale otra cosa: «Ana Sofi, ¿dónde estás?».Y ella, a tiempo: «Nunca más».
Y ahí sigue, sobre el oso, sin moverse, sin reposo,el aro de luz prendido, y la ciudad por detrás;y en el piso, su reflejo es un círculo parejo,y yo estoy sentado adentro, sin servirme ni uno más,y no digo «listo», güey, que si lo digo, ¿qué más?Y ella sigue: «Nunca más».