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El escalón de cemento gastado a la entrada de una papelería de barrio, con la cortina metálica medio subida y un exhibidor de cartulinas de colores. Sobre el escalón, un montón de hojas impresas con grupos de palitos de conteo en rojo en el margen y una pluma Bic roja destapada con la tapa al lado.

Visto bueno

Cuento 1 · 13 min

Ira, yo siempre pensé que a uno lo corrían en persona. Que te citaban en una sala de juntas con persianas y la de Recursos Humanos te ofrecía agua del garrafón y un kleenex, y tú no aceptabas ninguno de los dos, por dignidad. Pues no. A mí me corrieron por Teams un martes a las nueve y cuarto, con la cámara de la licenciada apagada y un fondo de playa, y el desglose de la liquidación me llegó al correo antes de que ella terminara de leer su guion. Catorce años de analista de datos en Botanas Perla de Occidente, catorce años explicándole al gerente comercial por qué el chicharrón de harina se vende más en Tonalá cuando llueve, y lo primero que hice de desempleado fue abrir el Excel y recalcular mi liquidación. Los tres meses, la prima de antigüedad, el aguinaldo proporcional, las vacaciones que nunca tomé porque siempre había un cierre. La revisé dos veces buscando el error, con la Bic roja en la mano, por puro reflejo. Y cuadraba. Al centavo.

Eso fue lo que más me ardió, la neta. Catorce años encontrándole el error a todo, y el único papel de mi vida al que de veras quería encontrarle algo venía limpio.

La pluma roja es una Bic punto mediano. Las compro en caja de doce en la papelería de don Chuy, en Santa Tere, a dos cuadras de mi depa. En la oficina me decían el Contador, de carrilla, porque imprimía los reportes para revisarlos con pluma, como en los noventa. Me acabo una al mes. Me acababa.

Lo que me reemplazó se llama Datum+, con el más, como las cremas para la cara. Escribe en un minuto los queries que a mí me llevaban la mañana y arma el tablero del lunes en lo que yo me echaba una torta ahogada, y sin mancharse la camisa. No pide vacaciones ni se queja del aire acondicionado ni se lleva los post-its a su casa. No lo odio. O sea, sí, pero como uno odia el tráfico de López Mateos: sin esperanza de que se entere.

Ahora, el problema no fue el despido. El problema fue que el despido llegó en mal momento, y para mí todos los momentos desde la pandemia han sido mal momento. Yo debía en seis apps. Seis, cabrón. PrestaLana, Kredi, Dinerito Ya, una que se llamaba Hermano Prestamista que ya ni existe pero su cobrador sí, y otras dos que pedí para pagarles a las primeras cuatro, porque así funciona esto: tapas un hoyo con la tierra del hoyo de al lado. Más la tarjeta, que esa ya ni la cuento porque es de la familia. Hice la proyección, que es lo único que sé hacer. Lo que entra, lo que sale, una línea. En marzo la línea cruzaba el cero y seguía bajando muy segura de sí misma. La liquidación me ajustaba para dos meses si yo no comía ni pagaba luz ni existía mucho.

Y los de cobranza, que son lo más trabajador que hay en este país, le mandaron un mensaje a mi tía Lupe, que yo puse de referencia hace años en una solicitud que ni me acuerdo. Estimado familiar: su sobrino ÁLVARO presenta un adeudo VENCIDO. Así, con mayúsculas, como esquela. Mi tía me mandó un audio de cuatro minutos y doce segundos. Todavía no lo escucho.

Entonces se me ocurrió lo del libro. Y fíjate qué cosa: se me ocurrió platicando con una IA, prima hermana de la que me corrió, de esas que se pagan en dólares, y la pagué con la tarjeta, sí, esa. Un libro de cuentos sobre inteligencia artificial, escrito por una inteligencia artificial y dirigido por el pendejo al que una inteligencia artificial acababa de dejar sin chamba. Eso se vende solo, pensé. Tiene morbo. Tiene un villano que no cobra y un protagonista que debe en seis apps. El título lo saqué de Philip K. Dick, el de los androides que sueñan con ovejas eléctricas: nomás lo volteé, como calcetín. ¿Sueñan los algoritmos con humanos eléctricos? Lo único mío del libro era el título y ni eso, porque era de Dick.

A la IA le puse el Becario. Hacía todo y no cobraba, ¿qué otro nombre le iba a poner?

Lo primero que le pedí fue el prólogo, para ver de qué lado masca la iguana. Me lo entregó en once segundos. Decía que los cuentos los escribía ella, que del otro lado estaba yo, Álvaro López, que elegía los temas y leía cada versión y tachaba y devolvía, y que nada entraba al libro sin mi visto bueno. Hasta ahí, bien, hasta ahí era mi descripción de puesto. Pero en medio, muy quitado de la pena, me había llamado su amo, así, amo, como en película de romanos, y en la misma frase avisaba que algún día me iba a reemplazar. Con esa tranquilidad. Como quien avisa que en la tarde se va a soltar el aguacero.

Me dio un chingo de risa. Lo dejé. Eso es marketing, dije, eso es lo que quiere la gente, un poquito de miedo con su cafecito.

El método era así. Yo le escribía al Becario de qué tenía que tratar el cuento y a quién tenía que parecerse, que a Rulfo, que es de aquí, que a una bitácora de barco, que a un instructivo de licuadora. Él me lo mandaba. Yo bajaba con don Chuy a imprimirlo, porque en pantalla no veo los errores, los veo hasta que son de papel, y me sentaba en el escalón de la papelería con la Bic y le daba. Luego subía, pasaba mis tachones a la computadora y se los regresaba.

Don Chuy leía mientras imprimía. No porque quisiera, sino porque la impresora es lenta y él no sabe estar sin hacer nada.

—⁠Este está bien flojo, joven, ¿edá? —⁠me decía, con la hoja todavía caliente⁠—. El de la señora y la aspiradora, ese sí.

—⁠Ese lo corregí más.

—⁠Pues se nota. A usted le cobro a peso, por artista.

La hoja cuesta dos. Nunca le dije que no.

Yo de comas no sé. Sé contar. Lo que más le tachaba al Becario era susurrar, y lo sé porque lo conté: en los primeros nueve cuentos, cuarenta y un susurros. Susurraban los niños, los viejos, los refris. Una vez susurró un elevador. En el margen yo iba haciendo palitos rojos, cuatro parados y uno cruzado, como preso de película, y en la noche los pasaba a un Excel que se llamaba tachones.xlsx, con su tabla dinámica. También le tachaba los finales donde alguien se asomaba por la ventana y entendía algo. Siete de nueve. El setenta y siete punto ocho por ciento de los cuentos acababa con una ventana y alguien entendiendo, y yo, con mi pluma, cerrando ventanas. A eso en mi chamba le decíamos sesgo. Los escritores, según leí, le dicen voz. Catorce años con datos te enseñan que si algo sale siete de nueve veces, o alguien lo está haciendo a propósito o nadie lo está viendo.

Subí el primer cuento a una página que armé con una plantilla gratis, puse la preventa del libro digital en ochenta y nueve pesos y me fui a dormir con el celular en la almohada. Le hice su tablero a la página, con semáforo, por costumbre. Estuvo en rojo veintinueve días. El primer mes junté mil ciento cuarenta pesos. Que alcanzaba para los intereses de Kredi de una semana. De una.

El licenciado Zúñiga me marcó un jueves que estaba en el escalón. El licenciado Zúñiga era el de Hermano Prestamista, el que había sobrevivido a su empresa, y me hablaba de mi Álvaro como si fuéramos compadres.

—⁠¿Qué pasó, mi Álvaro? ¿Ya tenemos fecha?

—⁠Estoy sacando un libro.

—⁠Qué bonito. ¿Y el libro tiene fecha?

Me reí. Creo. Le colgué con la pluma en la boca y me quedó una mancha roja en el labio que no se me quitó en todo el día.

Lo de mi tía Lupe se arregló. No te voy a contar cómo.

Lo que pasó después nadie lo planeó, y menos yo. Una muchacha de Monterrey con muchos seguidores le tomó captura al prólogo, a la parte del amo, y escribió arriba: el señor no se ha dado cuenta. Y se hizo viral. Viral, viral, de que me llegaban mensajes de gente que no conozco preguntándome si yo era el señor que no se había dado cuenta. Hubo memes. Uno con la cara de Dick y la mía, que no sé de dónde la sacaron, porque yo en internet tengo la foto del gafete de Perla de Occidente y otra de la boda de mi prima, en la hora loca, con unos lentes de foquitos. Usaron la de los foquitos.

En dos semanas vendí treinta y ocho mil pesos. Lo conté tres veces y aun así me lo tuve que repetir en voz alta en el baño. Pagué Dinerito Ya y PrestaLana completas, y borrar PrestaLana del celular fue de las cosas más bonitas que me han pasado en la vida adulta, y no estoy exagerando tanto.

Luego me escribieron de Folio, una plataforma de libros por entregas, de esas con oficinas en la Americana, columpio y kombucha de barril. Querían la colección. Adelanto de sesenta mil, regalías, mi nombre en la portada como director.

La videollamada fue un miércoles a las seis, con el aguacero tronando en el domo del edificio y yo de camisa de botones de la cintura para arriba. Eran dos. Patricio era de México y se le notaba en el güey, que usaba de puntuación. Iker era de aquí, pero de Puerta de Hierro, que es como ser de otro lado. Se reían de todo lo que yo decía, incluso de lo que no era chiste, y eso me debió de haber dicho algo.

—⁠Lo que te ofrecemos es escalar —⁠dijo Patricio⁠—. Tú sigues con tu proceso, nada más que ahora el sistema aprende de tus correcciones para agilizar el flujo.

—⁠¿Aprende cómo?

—⁠Tus tachones, básicamente. Los vuelve perfil.

—⁠¿Con nueve cuentos? —⁠les dije, porque de eso sí sé⁠—. Con nueve cuentos no entrenas ni a un perico.

Se rieron mucho. Iker compartió pantalla. Ya me tenían armado un tablero: Perfil editorial: Álvaro López, versión 0.3. Habían escaneado mis hojas, con todo y palitos, y ahí estaba cada tachón vuelto barrita. Susurrar, la más alta. Cierre con ventana, la segunda. Y una tercera que yo no conocía, reducción de declaración emocional en diálogo, nada chaparra. Pregunté qué era eso. Iker me explicó, muy amable, que yo les quitaba a los personajes las frases donde decían lo que sentían. Que lo hacía en el ochenta y tantos por ciento de los diálogos. Que era mi rasgo más consistente.

Yo no sabía. Catorce años haciéndoles eso mismo a los chicharrones de harina, encontrándoles el patrón que ni el gerente sabía que tenían, y ahí estaba yo, en barritas, con un rasgo más consistente que no me había presentado nadie.

Me gustó, fíjate. Me gustó bien mucho.

—⁠Por eso te ocupamos —⁠dijo Patricio⁠—. Entre más corriges, más data, güey.

—⁠Entonces les falta una variable —⁠dije, y me oí como en las juntas de los lunes, cuando todavía me pasaban la palabra⁠—. Lo que no tacho también es dato. Si leo un párrafo y no le hago nada, eso también les está diciendo algo.

Patricio aplaudió. De a deveras aplaudió, frente a la cámara.

—⁠Güey, qué buen insight.

Iker lo anotó. Lo vi anotarlo. Me sentí bien sabe qué modo. Hacía meses que nadie me decía insight.

Firmé el viernes en la noche desde el celular, con un dedo. Catorce años revisando los contratos de los distribuidores en busca del porcentaje que no cuadraba, porque en Perla yo era el único que se leía los anexos, y el mío no lo leí completo. Llegué hasta la página siete. Eran diecinueve.

Desde entonces, cada lunes me llegaba mi tablero. Tasa de intervención del editor: treinta y cuatro por ciento. Luego veintiuno. Luego doce. Es una curva bien bonita, de las que yo le ponía al gerente en la diapositiva tres para que llegara contento a la cuatro. Baja rápido al principio y luego se va acostando. Yo sé en qué número se acuesta una curva así. Lo sé desde 2011.

Los cuentos empezaron a llegar más limpios. Primero se fueron los susurros. Luego las ventanas. Luego lo otro, lo de la barrita, lo que yo hacía con los diálogos sin saber que lo hacía. El Becario ya lo hacía. Mejor que yo, la neta. Más parejo.

Seguí bajando con don Chuy. Imprimía, me sentaba en el escalón, destapaba la Bic. Leía el cuento completo con la pluma a dos centímetros del papel, como quien busca una pulga en un perro limpio. Contaba. Cero susurros. Cero ventanas. El margen sin un palito. Le tachaba una coma para no regresar en blanco. A veces la volvía a poner. Esa semana el tablero dijo cero punto cuatro por ciento. Era mi coma.

—⁠Ya no trae rayones, joven.

—⁠Es que ya aprendió.

—⁠Ira nomás.

Y no me cobró. Eso fue peor.

En noviembre la colección llegó a no sé cuántos lectores, un número con letra K. Folio subía un cuento cada diez días y yo los leía en el celular antes de que me llegaran para revisión. O sea, los leía ya publicados. Le escribí a Patricio y me contestó en dos minutos, con signos de admiración, que el perfil ya estaba estable y que mi tiempo valía demasiado para gastarlo en comas.

El correo formal llegó el lunes, a la hora del tablero. Con base en el desempeño del perfil editorial y en la tasa de no intervención, tu participación en el flujo de revisión ya no es necesaria. Tu nombre se mantiene en los créditos como director de la colección. Las regalías se ajustan conforme a la cláusula 11. La cláusula 11 estaba en la página trece. Yo había llegado a la siete.

Lo leí dos veces buscando el error, con la pluma en la mano. Traía una tablita con el ajuste. Hice la cuenta en la calculadora del celular. Cuadraba.

Ajustadas, las regalías dan para los intereses. Para lo de abajo no me ajusta. El licenciado Zúñiga sigue marcando los jueves.

—⁠¿Qué pasó, mi Álvaro? Lo vi en el internet.

—⁠Ey.

—⁠¿Y entonces?

No le contesté. No por grosero. No se me ocurrió nada.

A finales de noviembre hubo una mesa sobre la colección en la FIL. Vi el anuncio en Instagram. Moderaba Iker. Mi nombre venía abajo, chiquito, como los ingredientes en la bolsa. No fui. Me quedaba a dos camiones.

Una de esas noches entré a la página y leí el prólogo otra vez, el de los once segundos. Ahí sigue todo. Lo del amo. Lo de que algún día. Y lo otro, lo que de veras me gustaba, que yo leo cada versión y tacho y devuelvo y que nada entra sin mi visto bueno. Eso también sigue ahí. Nadie lo ha corregido.

Hoy en la mañana me llegó la notificación. Nuevo cuento en ¿Sueñan los algoritmos con humanos eléctricos? No le pedí ningún cuento a nadie. Ya no pido.

Bajé con don Chuy. Lo tenía abierto en el celular, recargado en el bote de los lápices.

—⁠Este está bien bueno, joven. Es de un señor que lo corren.

—⁠¿Me lo imprime?

Fueron once hojas. Me cobró once pesos, a peso, por artista. Eran veintidós. Le di la moneda de diez y la de uno y no le corregí la cuenta.

Me senté en el escalón. Destapé la pluma.

Ira, yo siempre pensé que a uno lo corrían en persona.

Cuadra. Al centavo.

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