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Fachada de un edificio antiguo en una calle de Berlín, con luz de tarde de otoño: al centro, una puerta doble pintada de rojo, despintada; a la izquierda, el aparador de una panadería con pan y una bicicleta encadenada bajo un árbol; arriba, una hoja pegada en una ventana del segundo piso.

Solo para ver

Cuento 2 · 7 min ·Berlín, 2040

El aviso de la cooperativa llegó a las 6:02, ocho minutos antes del despertador. Martin Albers lo leyó sentado en la orilla de la cama, con un calcetín puesto y el otro en la mano: dos recámaras, balcón a la calle, Pankow, 1,140 euros calientes. Las solicitudes abrían a las seis en punto. Mandó la suya a las 6:04, con los papeles de los dos, que tenía guardados desde marzo en una carpeta del teléfono llamada NOSOTROS. En mayúsculas. A las once de la noche de un martes le había parecido buena idea.

Ocho días después les avisaron que los habían elegido entre trescientas doce solicitudes.

—⁠Diecinueve años arreglando escaleras eléctricas para la BVG —⁠le dijo a Hannah por teléfono⁠— y es la primera cosa que me sale a la primera.

—⁠Eres un hombre con suerte, Albers.

Lo era. Tenía cuarenta y dos años, una rodilla mala y una novia de Moabit que se reía con toda la boca, hasta enseñar el colmillo chueco que nunca se quiso arreglar aunque trabajaba en un consultorio dental. Se habían conocido en Funke, como medio Berlín. En la tercera cita, en un Späti de la Sonnenallee, ella borró la aplicación delante de él, sin decir nada, y le enseñó la pantalla. Martin nunca había visto a nadie hacer algo tan cursi con tanta seriedad.

Katja se había ido siete años antes. Tampoco ella dijo mucho: «No pasó nada, Martin. Solo necesito espacio». Él se enteró del departamento de Friedrichshain porque la compañía de mudanzas llamó para confirmar la hora y ella había dado el número de la casa. Un señor muy amable que quería saber si había elevador. A Hannah le había contado que Katja se fue. Lo del señor de la mudanza, no.

Hannah había conectado su teléfono al HausRuf de la cocina el segundo mes, para poner su música mientras cocinaba, y nunca lo desconectó. A Martin le gustaba oír al aparato decir con su voz de azafata cosas como «Hannah, tu pedido de Kiezbrot está listo». En su cocina. Le gustaba más de lo que habría sabido explicar.

Mucho después se acordaría de que esa mañana silbó en la regadera, cosa que no hacía desde 2033.

La Ringbahn se quedó en Wedding con las puertas abiertas y una voz pidió paciencia en alemán y en inglés. Hannah Lemke miró el teléfono. U-Plus ya tenía la solución: bajar, caminar once minutos por la Müllerstraße, tomar la U6. La flechita azul la estaba esperando.

Caminó. Era uno de esos octubres que ya no eran octubres, veintitrés grados y los árboles todavía verdes, y la Müllerstraße olía a gyros y a llanta caliente. Pasó frente a una puerta roja con una panadería Kiezbrot en la planta baja y un letrero escrito a mano en una ventana del segundo piso. No lo leyó. Iba pensando en el lunes.

El lunes había llegado cuarenta minutos tarde a casa de Martin y él le preguntó dónde estaba. Nada más eso. Con un trapo en la mano y cara de preocupado, no de otra cosa. A ella se le enfriaron las manos de golpe, como si las hubiera metido al congelador, y contestó mal. Luego se disculpó, y él no entendió nada, porque ella nunca le había contado bien lo de Dennis. Tres años con su ubicación compartida en el teléfono de Dennis. Por si te pasa algo, decía Dennis.

(Martin no es Dennis.)

Ya lo sabía. Por eso había dicho que sí a lo de Pankow.

Esa noche, en su cuarto de la WG, mientras la estudiante de al lado ensayaba algo en el chelo, Hannah se quedó viendo el teléfono más de la cuenta. Entre una receta y un video de perros salió un artículo: «No pasó nada: a veces solo necesitas espacio». Lo leyó entero. No decía nada que ella no supiera. Debajo, en la franja de cosas que el teléfono creía que le interesaban, apareció un departamento de una recámara en Wedding, 640 euros calientes, disponible de inmediato. En la foto había una puerta roja con un Kiezbrot abajo.

Hannah soltó una risa por la nariz. Había pasado por ahí a las cinco de la tarde. El algoritmo ya la conocía mejor que su madre.

Tocó «Guardar búsqueda». Solo para ver.

El jueves Martin firmó el contrato en la oficina de la cooperativa, en papel, porque la cooperativa era de las que todavía pedían papel. La señora Okafor le explicó dos veces que faltaba la firma de la señora Lemke y que el plazo vencía el viernes a las diez.

—⁠A las diez y un minuto llamo al siguiente de la lista —⁠dijo, sin mala intención.

—⁠A las diez y un minuto ya vamos a estar desempacando.

Hannah iba a llegar a las ocho con el vino. Martin se puso a cocinar a las siete, papas con cebolla y el tocino de Edeka que ella prefería casi quemado, y le pidió al HausRuf que pusiera algo.

El HausRuf puso Element of Crime.

Martin se quedó con el cuchillo en el aire. Era la canción. No una del mismo disco ni una parecida: la que Katja había puesto en la bocina vieja el último sábado, mientras armaba cajas en la sala con cinta canela y él fingía leer. Había comprado ese aparato en 2037. En tres años nunca le había pedido nada de esa banda. Sintió en la parte de atrás de la lengua un sabor a cartón.

Aleatorio, pensó. Por eso se llama aleatorio. (Siete años, Martin.)

—⁠Siguiente —⁠dijo, y sonó una cantante noruega de Hannah cuyo nombre él no sabía pronunciar.

A las 7:41, con las papas ya doradas, la música bajó sola de volumen.

—⁠Hannah —⁠dijo el HausRuf con su voz de azafata⁠—, hay novedades en tu búsqueda guardada. Departamento de una recámara en Wedding, 640 euros calientes. Tu cita para verlo es mañana a las diez.

La música volvió a subir.

Martin apagó la estufa. Las papas siguieron chisporroteando un rato en el sartén. El contrato estaba en la mesa, junto a los dos vasos que había sacado para el vino y una pluma verde de la cooperativa con el logo de una casita. Ahí estaba su firma. Al lado de su firma había un espacio en blanco.

Desde la escalera, Hannah notó que no olía a quemado. Martin siempre quemaba algo.

Él abrió la puerta y no la besó. Tenía el contrato en la mano.

—⁠¿Qué hay en Wedding?

Hannah se quedó con la botella de Grauburgunder apretada contra el abrigo. Pensó en la flechita azul y en la puerta roja, y tardó un segundo de más en entender, y vio que él contaba ese segundo.

—⁠Ah —⁠dijo⁠—. Eso.

—⁠Tienes cita mañana a las diez.

—⁠Yo no hice ninguna cita.

—⁠El aparato dijo que tienes cita.

—⁠Pues el aparato se equivoca. —⁠Dejó la botella en el mueble del recibidor⁠—. Guardé una búsqueda, Martin. Una noche. Andaba rara por lo del lunes, nada más. No pasó nada. Solo necesitaba espacio.

Lo dijo para calmarlo, con las palabras que habría usado cualquiera. Y vio que a Martin se le iba el color de la cara de arriba para abajo, como una jarra que alguien vacía despacio, y no entendió por qué, y él no se lo explicó.

—⁠Enséñame el teléfono —⁠dijo él.

Lo dijo bajito. Con cara de preocupado, no de otra cosa. A Hannah se le enfriaron las manos.

(Por si te pasa algo.)

—⁠No.

—⁠Si no hay nada, enséñamelo.

Hannah miró el contrato. Desde ahí se veía el espacio en blanco junto a la firma de él, y la pluma verde atorada en el clip.

—⁠Ya no quiero hacer esto —⁠dijo.

No sabía bien qué era esto. Él tampoco preguntó. Hannah bajó las escaleras con el abrigo abierto y no oyó que la puerta se cerrara detrás de ella. No se dio vuelta para ver si seguía abierta.

La agente de Wedding era muy joven y tenía las uñas pintadas de amarillo. Esperaba frente a la puerta roja a las diez menos cinco, con una tableta, y dijo «¿Señora Lemke?» antes de que Hannah abriera la boca.

—⁠Yo no hice cita —⁠dijo Hannah.

—⁠Aquí dice que sí. —⁠La muchacha le enseñó la pantalla sin mirarla⁠—. Pero ya que está aquí.

El departamento era chico, olía a pintura y la ventana daba a la Müllerstraße. Hannah se quedó parada en medio del cuarto vacío mientras la muchacha hablaba del depósito y de que había otros cuarenta interesados, aunque su solicitud, quién sabe por qué, aparecía hasta arriba.

En algún lugar de la calle una iglesia dio las diez.

El teléfono sonó en la bolsa con un sonidito de dos notas que no oía desde hacía catorce meses. Lo sacó. Martin no había llamado. Ella tampoco.

«Funke: ¡Hola de nuevo, Hannah! Tu perfil vuelve a estar visible. Tres personas cerca de ti ya lo vieron».

Se habrá quedado la cuenta, pensó. Una borra la aplicación y la cuenta se queda.

Guardó el teléfono en la bolsa.

—⁠¿Dónde firmo? —⁠dijo.

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