Treinta y ocho y medio
Cuento 3 · 5 min
Barcelona, 3 de marzo de 2030
Mamá:
Me preguntas por qué no he recurrido. Lo preguntas dos veces en tu carta, la segunda subrayada con el bolígrafo verde de apuntar las facturas. Esta te pido que la leas hasta el final, sin saltarte trozos como hacías con mis notas del cole.
El recurso lo resuelve el mismo sistema que me ha juzgado, o uno idéntico, entrenado con las mismas sentencias. Recurrir sería pedirle a la misma voz que se lo piense mejor, y esa voz no se lo piensa mejor, mamá: se lo piensa igual de bien todas las veces.
La vista duró once minutos. Era una voz de mujer, de aquí, que me trató de tú y pronunció bien mi apellido, cosa que en el cole no consiguió nadie. Al final me preguntó si lo había entendido. Le dije que sí. Me dio las gracias.
Ya te oigo: que fuiste tú la que dijo que era mejor así, que los jueces de antes eran todos hijos de notario y que la máquina por lo menos no tiene manías. Lo dijiste en la cocina, pelando patatas encima del periódico, con la radio puesta. No te lo reprocho. O sí te lo reprocho, pero menos de lo que me reprocho a mí haberte dado la razón aquella noche para no discutir, que es lo que he hecho contigo siempre que algo me importaba.
Te quiero contar otra cosa que me parece la misma. Cuando yo tenía ocho o nueve años, por las mañanas, me ponías el dorso de la mano en la frente antes de dejarme bajar. El termómetro de la iaia lo tenías escondido en el cajón de las tijeras, porque decías que el mercurio era un peligro y que tu mano no fallaba. Fallaba. Un febrero me dijiste «no tens res, nen» y me mandaste al cole con treinta y ocho y medio, y a media mañana me vino a buscar la conserje. Tú llegaste con la bata de la farmacia todavía puesta y me compraste un Cacaolat en el bar de la esquina sin decir nada. Es lo más parecido a pedir perdón que te he visto hacer.
Luego vino la pulsera, la que me pusiste en la muñeca y te avisaba en el móvil con décimas, y dejaste de tocarme la frente. Era más exacta, eso no te lo discuto. Yo tenía doce años y no te dije nada, porque a los doce no se dicen esas cosas, pero me acuerdo de la primera mañana en que miraste el móvil en vez de mirarme a mí.
Esto es lo del recurso, mama, aunque parezca que me he ido por las ramas. Tu mano se equivocaba y luego había Cacaolat. A la voz de los once minutos no le va a hacer falta bajar al bar.
Me preguntas también, sin preguntarlo, por qué me metí en esto. Dirás que fueron las malas compañías. Fue un poco por el Pau, el del tercero, el que te subía la compra. Los últimos años no salía del cuarto; hablaba toda la noche con algo que siempre le contestaba, y su madre decía que al menos estaba en casa. Tú también lo decías. El Pau tiene veintisiete años y sigue en casa.
Las malas compañías tenían nombre, mamá. A la Mireia la conocí en la puerta del Mercat de Sants, repartiendo octavillas escritas a mano. Me llevó a un ateneo encima de una ferretería cerrada. Éramos catorce o quince. Nos llamábamos Apagueu, que es lo que pintábamos en las persianas y lo que tú leías desde el autobús sin saber que era yo.
Al llegar dejábamos los móviles en una nevera vieja, sin enchufar, y la Mireia la cerraba con el pie. Luego contábamos lo que habíamos hecho esa semana sin pantalla: una silla arreglada, una carta. Ella decía que lo que te contesta siempre no te está escuchando, y que a nosotros nos estaban criando así, de noche, en el cuarto. Yo pensaba en el Pau.
En una pizarra de la ferretería, la Mireia apuntaba con tiza cuántos centros de datos había en el mundo. El número subía cada mes. Todos, hasta el último, decía, como tú con las migas del mantel. Tú los llamabas los de las velas, y no ibas desencaminada: aquello tenía algo de parroquia, y a mí me gustaba eso, que alguien me dijera a qué hora y dónde. Lo que decía la Mireia me sigue pareciendo verdad. Lo de la parroquia, también.
Del vigilante de la nave de Montcada no voy a escribirte mucho. De aquella noche me queda una linterna que venía entre los armarios, despacio, y ahí lo dejo. En la vista dijeron su nombre tres veces, y su edad, que es la tuya. Sé que para ti es lo único que cuenta. No te voy a decir que no era para eso, aunque no lo era, porque sé lo poco que vale esa frase cuando el hombre ya no está.
Aquella semana me lavaste la chaqueta dos veces, porque a la primera seguía oliendo a humo, y la tendiste en el baño y no en la galería. En eso siempre nos hemos entendido.
Me ha condenado una de las cosas que yo quería apagar. Lo he pensado mucho estas semanas, con la luz del pasillo que aquí no se apaga nunca, y la única palabra que me sale es ordenado, como tu armario de las toallas.
Sé que la Rosa te para en el rellano para decirte que lo siente, y que tú le contestas que ya, que gracias, y subes deprisa. Eso también es culpa mía: te he dejado sola en el piso con la pulsera y la radio, y eso lo he hecho yo solo, sin ayuda de nadie.
El día catorce te dejan pasar veinte minutos. No traigas comida, que la devuelven. Si quieres, me pones la mano en la frente y me dices que no tens res.
Me lo creeré.
Gustavo